martes, 27 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 14

   Capítulo 14 

   A la sombra de la emperatriz/Ana




Ya no tenía una forma definida.

Era una silueta compuesta de deseos inconclusos, fragmentos de hechicería rota y juramentos traicionados. El Anhelo Oscuro palpitaba en su núcleo como un corazón enfermo, irregular, hambriento.

—Haré que cada molécula de tu ser se arrepienta de haberme desafiado —gruñó la emperatriz, aferrando su espada.

Ana dio un paso al frente, conteniendo el temblor en sus manos.

—Antes de destruir mundos… dime —preguntó—. ¿Qué es lo que realmente buscas?

Balak emitió un sonido que no fue risa ni lamento.

—No soporto la luz —respondió—. Como muchos, fui confinado a la oscuridad por los pecados del pasado. Saber que existe el sol me resulta intolerable. Quiero crear una realidad donde no exista el brillo. Un régimen donde la sombra sea ley.

—No tiene sentido —replicó la emperatriz—. 

—Los seres oscuros no necesitamos razones complejas —respondió Balak—. Es supervivencia. Todos desean existir… incluso ustedes.

Mientras hablaba, Ana lo sintió: Balak estaba ganando tiempo. La oscuridad se condensaba a su alrededor, espesándose, buscando una forma.

—¡Zipor! —rugió.

La oscuridad estalló.

Balak tomó una forma híbrida: alas de cuervo desgarraban el aire, mientras un cuerpo dracónico emergía envuelto en sombras vivas. El impacto de su presencia hizo que el suelo temporal se resquebrajara.

Ana quedó paralizada.

—¿Recuerdas el sueño? —preguntó, casi sin aliento, mirando a la emperatriz.

—¿Las dos águilas…? —susurró ella.

—Exacto.

—Las dos águilas contra el dragón —confirmó la emperatriz, alzando la espada.

Balak atacó.

No fue un golpe directo, sino una avalancha de tiempo corrompido. Ambas lo esquivaron por instinto, rodando entre fragmentos de siglos rotos. La emperatriz logró herirlo, un tajo profundo que desgarró la sombra… pero la herida se cerró de inmediato.

—¡Ahora! —gritó.

Le pasó la espada Paradox a Ana.

Se movían como en el sueño: sincronizadas, precisas, inevitables. Cada ataque era una coreografía aprendida en otra vida. Sin embargo, Balak se regeneraba una y otra vez, y aunque el poder cósmico de la espada lo hería, también las agotaba.

—Portadora del reinicio… jueza del tiempo —rugió Balak—. No pueden vencerme. Yo soy absoluto.

Embistió.

Ana sintió el impacto como si la realidad le atravesara el pecho. Salió despedida, apenas logrando contenerse con un campo inestable.

La emperatriz alzó la mano. Un círculo de símbolos temporales ardió a su alrededor.

—Te juzgo por usurpación del juicio.

Atacó.

No fue un rayo.
Fue una orden.

El tiempo alrededor de Balak se comprimió, tratando de fijarlo en un instante eterno. Por un segundo… funcionó.

El Anhelo Oscuro brilló.

—¿Creíste que no aprendí? —rugió—. Yo soy el deseo que el tiempo no puede borrar.

La prisión estalló.

La emperatriz fue lanzada contra una columna, que se fragmentó en siglos rotos. Ana reaccionó al instante, creando burbujas de contención, pero Balak las atravesó como si fueran recuerdos débiles.

—La oscuridad lo consumirá todo.

El rayo oscuro cruzó el salón.

Ana alzó la espada, resistiendo con todo lo que tenía, pero sus brazos cedían, sus piernas temblaban. No era suficiente.

Entonces, la emperatriz apareció detrás de ella y tomó el mango de la espada.

—No estás sola.

Unieron su poder.

La luz estalló.

El rayo resultante fue tan intenso que el Palacio del Eón crujió. Balak gritó, su forma desintegrándose, su núcleo colapsando hasta reducirse a cenizas suspendidas en el aire.

El tiempo volvió a fluir.

Ambas cayeron de rodillas, exhaustas. La emperatriz respiraba con dificultad.

Ana la sostuvo y la ayudó a salir.


Afuera, los esperaban.

Karl corrió hacia ellas. La emperatriz se apartó suavemente de Ana y lo observó. Él quedó paralizado al verla.

Ella lo abrazó.

—Hola, papá —dijo, antes de desplomarse en sus brazos.

—¿Qué… qué significa esto? —preguntó Karl, quebrado.

—Me hacía llamar Dina —respondió con esfuerzo—. Pero soy Ana. Tu hija… una versión futura.

Karl recordó Cronópolis, la estatua, la rabia, la pérdida. Ahora solo sentía una tristeza inmensa. 



—No fue tu culpa —susurró ella—. Yo tomé estas decisiones.forjé este imperio con muerte,destrución y miedo,eso me hizo indigna. Mi único recurso fue recurrir a mi yo del pasado… llevarla por un camino mejor. Su pureza es la clave,para realizar el salto cuantico.

Ana se acercó, sin aire.

—Estás…

—No —la interrumpió con una sonrisa débil—. No estoy muriendo.

Pausa.

—Estoy terminando.

El silencio cayó sobre todos.

—Has visto demasiado —dijo la emperatriz, mirando a Ana—. Y por eso… no puedo permitir que recuerdes.

—No —negó Ana—. No puedes quitarnos esto.

—Justamente por eso —respondió—. Porque ahora sabes lo que cuesta.

Tosió. Luz dorada se escapó de sus labios.

—Si recuerdas… no activarás el reinicio.

—Debe haber otra forma.

—No —sentenció—. Por orden del Eterno.

Las despedidas llegaron una a una. No hubo dramatismo, solo dignidad.

Finalmente, la emperatriz tocó la frente de Ana.

—Olvidarás mi rostro. Mi voz. Pero te permitiré ver mi último encuentro con mamá.

Ana lo vio todo.

La mente de Ana se abrió, y vio a Dina frente a Mara.
Vio el instante en que su madre eligió la oscuridad para salvarla.
Vio el sacrificio que nunca le contaron.
Vio el amor que había sido confundido con traición.

Y algo se rompió dentro de ella.

Las esferas dimensionales se abrieron.

—Cada uno regresará a su mundo. Sin recuerdo de mí. Sin memoria de Cronópolis.

Ana fue la última.

—Perdóname —susurró la emperatriz—. Si recuerdas… no podrás hacer lo necesario.

El mundo se desvaneció.


Cronópolis quedó en silencio.

La emperatriz cayó de rodillas.
Los engranajes se detuvieron.

—Confío en ti… —susurró—. Ana.

Se recostó contra el Trono del Eón.

Y mientras el tiempo continuó su curso,
la emperatriz del tiempo
quedó suspendida
entre un último latido
y una eternidad 
que ya no le pertenecía. 

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Afa

Afa despertó sobresaltado en su habitación. El techo le resultó extrañamente familiar, como si hubiera regresado de un lugar muy lejano sin recordar el viaje.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Lo he conseguido! —exclamó Karl, con una emoción que no intentó disimular.

Arfaxad los acompañó hasta el laboratorio. Se quedó inmóvil al ver a María, recostada, respirando con normalidad. Karl lo había logrado. La había rescatado.

Karl la abrazó sin decir nada. Arfaxad, impulsado por algo más fuerte que el pensamiento, los rodeó a ambos con los brazos.

—Perdónenme… —susurró María—. Todo esto fue culpa mía.

Karl negó con la cabeza, pero algo en Arfaxad llamó su atención. Su hijo parecía… ausente.

—¿Qué ocurre, hijo?

Arfaxad frunció el ceño, buscando las palabras.

—Me siento cansado —dijo al fin—. Como si hubiera estado viajando durante días… o semanas. Pero no recuerdo a dónde.

Karl intentó restarle importancia.

—Trabajaste demasiado. Luego dormiste varios días seguidos.

Arfaxad asintió, aunque la explicación no lo convencía del todo.

—Me alivia saber que el ataque del monstruo no fue más que un sueño —añadió—. Un sueño muy real.

No dijo nada más. Había algo que faltaba, algo importante… pero en ese momento tenía a su madre de vuelta.
Y eso era suficiente.

Su familia estaba completa.
O al menos, eso quería creer.


Aza y Tera

La Ciudad de Luna Zafiro resplandecía bajo un cielo sereno. Frente a Aza y Tera, las naves de las langostas yacían destruidas, y los piratas estaban sometidos.

Arlan se acercó a Aza, aún con la respiración agitada.

—Por un momento creí que te perdía —dijo—. Te atacaron por la espalda… pero todos lo vimos. Esta guerrera usó sus alas como escudo. Te salvó la vida.

Aza y Tera se miraron, desconcertadas, como si esperaran recordar algo que no llegaba.

—Me recuerdas a mi hermana menor… Celes —dijo Tera con suavidad, sin saber por qué ese nombre le provocaba un nudo en el pecho.

—¿Qué podemos hacer para recompensarte? —preguntó Arlan.

Tera bajó la mirada.

—No tengo a dónde ir. Mi pueblo fue destruido.

Aza dio un paso al frente, casi sin pensarlo.

—¿Podrías quedarte con nosotros? —preguntó—. Siempre quise una hermana mayor.

Tera sonrió. No profundizaron en la sensación extraña que compartían, en ese eco silencioso de algo no resuelto.
Habían sobrevivido.
Y por ahora, eso bastaba.


Meldric

Meldric despertó en su laboratorio.

Todo estaba en orden. Demasiado en orden.

Revisó sus archivos una y otra vez. No había registros extraños. Ningún salto dimensional. Ninguna anomalía.

—¿Acaso… soñé todo? —murmuró.

Caminó por su mundo. Nada había cambiado. El miasma seguía ahí… o al menos, eso creía. El cansancio que sentía no tenía explicación lógica. Era un agotamiento que no correspondía a ningún recuerdo.

Entonces, unos cíborgs —antiguas personas— se acercaron corriendo.

—¡Señor Meldric! —exclamó uno—. Encontramos una fuente. Creemos que puede revertir los efectos del miasma.

Meldric los siguió incrédulo.

Cuando vio a las personas recuperar poco a poco su humanidad, algo se quebró dentro de él… y algo más se reparó.

No recordaba cómo había llegado a ese punto.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió esperanza.


Johana

Johana despertó en su vehículo, con el cuerpo pesado y la mente saturada.

Tenía la sensación de haber vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo. Un teatro imposible. Una batalla en el cielo. Una ciudad suspendida entre instantes.

Todo parecía un sueño.

Pero uno demasiado real.

Uno de sus compañeros tomó el volante sin decir nada y continuaron el trayecto, buscando un lugar donde pudieran sobrevivir.

Johana apoyó la cabeza contra la ventana.

No sabía qué había perdido.
Solo sabía que algo —alguien— había sido importante.

Y que ahora… ya no estaba.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Ana y Karl 

Ana despertó sobresaltada.

No hubo sueños.
No hubo imágenes rotas ni ecos extraños.
Solo una certeza incómoda, adherida al pecho como una sombra sin forma.

Algo faltaba.

Se incorporó lentamente. Su mundo estaba intacto: el taller, la luz entrando por la ventana, los planos a medio terminar. Todo en su sitio. Todo correcto.

Demasiado correcto.

Se llevó la mano al pecho, esperando encontrar dolor. No lo había.
Solo un hueco. Un espacio que no dolía, pero tampoco se llenaba al respirar.

Karl estaba de pie junto a la puerta, observándola con una expresión que no supo nombrar.

—¿Tú también? —preguntó él, antes de que Ana pudiera decir nada.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿También qué?

Karl dudó.

—Esta sensación… —se llevó los dedos a la sien—. Como cuando recuerdas una palabra y sabes que la sabes, pero no aparece.
No es olvido. Es… ausencia.

Ana tragó saliva.

—Yo siento lo mismo.

No dijeron nada más. No fue necesario.
Ambos comprendieron que aquello no era cansancio ni estrés ni secuela de batalla.

Era otra cosa.

Horas después, estaban frente a Eleonor.

La mujer los escuchó sin interrumpir, con las manos cruzadas, los ojos atentos pero impenetrables. Uso su poder para realizar un análisis mnémico.

—Permítanme revisar —dijo con calma.

Eleonor recorrió capas y capas de recuerdos: infancia, decisiones, pérdidas, batallas, culpas.
Todo estaba ahí.

Completos. Coherentes. Íntegros.

Cerró y abrió los ojos

—No hay ninguna falla —sentenció—. Ningún vacío, ningún bloqueo, ninguna alteración forzada.
Sus recuerdos están… intactos.

Ana frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué siento que perdí algo?

Eleonor la miró durante un segundo más de lo habitual.

—Porque no todo lo que se pierde deja huella en la memoria —respondió—.
Algunas ausencias solo se manifiestan como intuición. Como una cicatriz que no pertenece al cuerpo, sino al alma.

Karl bajó la mirada.

—¿Está diciendo que… no olvidamos nada?

—Exacto —afirmó Eleonor—. No hay nada que recuperar. Nada que buscar.

Ana cerró los ojos un instante.

—Entonces esto es todo —murmuró—. Vivir sabiendo que algo fue importante… sin saber qué.

Eleonor no negó.

—A veces —dijo—, hay recuerdos que es mejor olvidar.

Hubo un silencio largo.

Cuando Ana se levantó para irse, Eleonor habló una última vez:

—Si sirve de consuelo… —dijo suavemente—, la sensación no desaparecerá.
Pero tampoco crecerá.
Será un recordatorio constante de que eligieron algo… aunque no recuerden qué.

Ana asintió sin mirarla.

Al salir, Karl puso una mano en su hombro.

—Si algún día descubres qué es lo que falta —dijo—, prométeme algo.

Ana lo miró.

—¿Qué?

Karl respiró hondo.

—Prométeme que no intentarás traerlo de vuelta.

Ana no respondió de inmediato.

Miró al cielo.
Sintió, otra vez, ese hueco imposible.

—Lo prometo —dijo al fin.

Y aunque no lo sabían,
en algún lugar fuera del tiempo,
esa promesa fue suficiente.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Mara

Mara estaba sola en su escondite cuando ocurrió.

La pantalla tenía imágenes de Ana y Karl. El mundo seguía su curso con una normalidad impecable.

Demasiado impecable.

Mara apagó la pantalla sin saber por qué. Se quedó inmóvil, con la mano aún sobre el teclado, escuchando un silencio que no debería existir.

Sintió un vacío repentino.
No tristeza.
No miedo.

Ausencia.

Como si alguien hubiese salido de una habitación sin cerrar la puerta… pero la habitación ya no estuviera ahí.

Se apoyó en la consola, respirando despacio.

—Qué tontería… —murmuró.

Pero no lo era.

Su pecho estaba apretado de una forma extraña, no como cuando recordaba algo doloroso, sino como cuando no lograba recordar algo que había sido esencial.

Una lagrima rozó su rostro.

—¿por qué me siento tan triste de repente? —se preguntó secando la lagrima con su mano suavemente.

Miró alrededor. Fotografías. Objetos. Rutinas.
Todo encajaba.

Su vida tenía sentido.

Y aun así…

Se llevó la mano al cuello, justo donde años atrás había sentido una vez un frío inexplicable, la noche en que Karl regresó alterado de Cronópolis sin saber explicar por qué estaba furioso, triste, vacío.

Mara nunca había preguntado demasiado.
Algunas heridas se respetan no mirándolas.

Pero ahora…

Ahora sentía que esa herida no había sido solo de Karl.

Se sentó lentamente.

Cerró los ojos.

No vio imágenes.
No oyó voces.
No apareció ningún recuerdo prohibido.

Solo una certeza silenciosa, tan clara como insoportable:

Elegí algo.

No sabía qué.
No sabía cuándo.
No sabía a quién había afectado.

Pero lo había hecho.

Y ese algo… había salvado a alguien.

Una lágrima cayó sobre la mesa.

Mara se la limpió rápido, casi molesta consigo misma.

—Estoy cansada —se dijo—. Nada más.

Se levantó. Continuó con su día.
Cumplió cada tarea con precisión.

Pero mientras avanzaba, una idea se le quedó clavada, sin forma ni nombre:

Si alguna vez tuvo que elegir entre la luz y la oscuridad…
había elegido la oscuridad.

No por ambición.
No por poder.

Sino para que alguien más no tuviera que hacerlo.

Como había prometido la emperatriz, todos la olvidaron, los mundos infinitos, el ministerio del tiempo, Cronopolis, no quedaron los recuerdos y todo siguió con normalidad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario