Capítulo 13
Redención
—Cronópolis no permite ser atravesada sin dejar marca —murmuró Meldric mientras ajustaba las coordenadas—. Es un lugar que recuerda… y devuelve el peso de lo que uno es.
La abertura se desplegó con lentitud, como si el propio tiempo dudara en abrirse. Cuando cruzaron, el aire cambió de inmediato.
Cronópolis se extendía ante ellos como una ciudad imposible: torres circulares suspendidas a distintas alturas, engranajes colosales flotando sin tocarse, relojes sin números girando en absoluto silencio. Cada estructura parecía alinearse no al espacio, sino a instantes específicos del tiempo, como si la ciudad estuviera construida a partir de recuerdos solidificados.
—Aquí… —susurró Aza— todo parece observarnos.
—Lo hace —respondió Tera sin apartar la vista del horizonte—. Cronópolis está viva, aunque nadie lo admita en voz alta. Aquí el tiempo no fluye: juzga.
Las calles no estaban vacías, pero tampoco llenas. Figuras encapuchadas caminaban sin prisa, deteniéndose justo antes de cruzarse con ellos, como si una regla invisible impidiera el contacto. Algunos llevaban relojes incrustados en la piel; otros, prótesis temporales que pulsaban con luz dorada, marcando ritmos que no correspondían a ningún segundo conocido.
Su visión se duplicó por un instante: se vio avanzando… y retrocediendo al mismo tiempo. El mareo la obligó a apoyarse en el hombro de Karl.
—Cronópolis no castiga —dijo Meldric con gravedad—. Evalúa. Y cuando decide… no se equivoca.
—Este lugar fue construido como santuario y tribunal —añadió—. Aquí se conservan líneas temporales enteras… y se destruyen las que no deben existir.
Ana alzó la mirada hacia el centro de la ciudad.
Allí se erguía el Palacio del Eón: una estructura imposible, formada por capas de momentos superpuestos. Cada nivel pertenecía a una época distinta. Algunas partes estaban intactas; otras, erosionadas, como si el tiempo las hubiera mordido con deliberada crueldad.
—La emperatriz reside ahí —dijo Tera—. O residía… antes de Balak.
El silencio se volvió denso.
Entonces, el aire se tensó.
Gale, Tide y Tremor emergieron desde distintos puntos, como si hubieran sido convocados por la sola presencia de Ana.
—Tienes mucho valor para venir aquí, Zafyranova —rugió Gale—. Después de traicionar a la emperatriz.
—Renunciaste a tus poderes —añadió Tremor con desdén—. Tendrías más oportunidades si aún fueras Flare.
El grupo adoptó posición defensiva, pero Tera dio un paso al frente.
—Ana… todos —dijo sin volverse—. Vayan al castillo. Yo puedo con ellos.
—¿Estás segura? —preguntó Tide, con un atisbo de duda.
Los tres emperadores elementales rodearon a Tera. Ana dudó un segundo… y luego asintió. No había tiempo.
Cuando se alejaban, una explosión de luz sacudió la plaza.
La armadura de Tera comenzó a brillar. De su espalda emergieron alas de energía pura, formadas por fragmentos de luz y memoria. Su armadura cambió, volviéndose más clara, más definida, como si hubiera sido forjada por el propio tiempo.
Ana y los demás llegaron a la escalinata del palacio cuando el tiempo… se quebró.
La emperatriz descendió lentamente, como si el aire se inclinara para sostenerla. Su presencia no imponía miedo, sino una certeza aterradora: ella tenía razón.
Aza atacó sin pensar.
La emperatriz ni siquiera se movió. Su capa se abrió como un abismo y absorbió a Aza. Un instante después, la expulsó con violencia, estrellándola contra varias variantes. Todas atacaron al mismo tiempo.
Nada funcionó.
La emperatriz se desplazaba entre ellas como una grieta en la realidad, derribándolas sin esfuerzo, alterando el tiempo a su alrededor: golpes que nunca llegaban, ataques que ya habían ocurrido.
—¿Por qué pelean por Ana? —preguntó con voz serena—. ¿Acaso no saben que si ella triunfa… será el fin de todas ustedes?
El silencio cayó como una losa.
—Ana posee el poder del reinicio —continuó—. Cuando lo active, solo su mundo permanecerá. Ustedes… no son más que errores. Residuos de los cronomantes.
Las miradas se clavaron en Ana.
El odio, la duda, el miedo… todo se acumuló.
Karl se colocó a su lado. Luego Meldric. Después Afa, Aza y Johana.
La batalla estalló.
Ana avanzó y se enfrentó a la emperatriz. Cada movimiento suyo era anticipado. Cada burbuja temporal, anulada. Cada alteración gravitacional, corregida.
—La Hora Sellada era tu única oportunidad —se burló la emperatriz—. Y la desperdiciaste.
Ana sintió el desgaste. No físico… moral. La emperatriz no solo la vencía: la obligaba a dudar.
El último recurso eran los rayos cósmicos. Pero sabía el riesgo: un choque frontal podría desgarrar el telar del espacio-tiempo.
No tenía alternativa.
Antes de que decidiera, burbujas rodearon a la emperatriz. Esta intentó esquivarlas… y entonces un rayo la impactó de costado.
Todo se detuvo.
Zafyranova apareció, flanqueada por Gale, Tide y Tremor. La espada Paradox ardía en las manos de la emperatriz,la verdadera.
—¿Y creen ser dignas de llamarse variantes de Ana… —dijo la emperatriz herida— si no pudieron vencer a una copia mal hecha?
La figura se deformó.
Balak.
—¡Imposible! —rugió—. Nadie escapa del Anhelo Oscuro.
Huyó hacia el palacio.
La emperatriz se volvió hacia Ana.
Mientras Tera y los emperadores contenían el caos, Ana dio un paso adelante.
Cronópolis no los observaba ya.
Esperaba el veredicto final.
Cada paso que Ana daba dentro del castillo no avanzaba en el espacio, sino en recuerdos que no eran suyos. Vio versiones de sí misma que nunca existieron: una Ana que eligió huir, otra que aceptó el reinicio sin dudar, otra que se convirtió en juez absoluto. Todas la miraban con reproche.
—No mires —dijo la emperatriz sin volver la cabeza—. Balak se alimenta de las posibilidades que temes.
El salón central era una catedral de tiempo fracturado. Columnas formadas por siglos superpuestos, vitrales donde se reflejaban mundos enteros naciendo y muriendo al mismo tiempo. En el centro, flotando sobre un abismo de oscuridad líquida, Balak los esperaba.

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