domingo, 4 de enero de 2026

Anacrónica: Crónicas del memorimante: Capítulo 2

 Capítulo 2 

             La nueva realidad


Durante años creí que lo sabía todo, que el mundo podía reducirse a fórmulas, certezas y explicaciones. Bastó un solo día para que esa ilusión se desmoronara. Y lo más inquietante no fue descubrir mi ignorancia, sino mirarla a ella.

Ana.

La niña que antes jugaba con tornillos y engranajes ahora manipula las leyes de la física con una naturalidad que me resulta insoportable. No por lo que sabe, sino por lo que yo no estuve allí para ver.

¿Qué es la realidad? La pregunta me persigue, pero otra me atormenta más: ¿en qué momento dejé de conocer a mi propia hija? Me perdí sus días, sus preguntas, sus silencios. Me convencí de que el tiempo podía esperar, de que siempre habría un después. Mentí.

Los instantes en los que estuve ausente no se recuperan; se han perdido como materia disuelta en el vacío. Y ahora lo sé con una certeza que duele: si vuelvo a apartar la mirada, no habrá segunda oportunidad. No puedo permitírmelo. No otra vez.

Karl Mendel, 6 de abril de 2036.


Karl Mendel apenas lograba asimilar la avalancha de sucesos que se habían precipitado sobre él en tan corto lapso de tiempo. Todo aquello que durante una vida entera creyó comprender sobre la realidad se desmoronaba ahora, reducido a cenizas, mientras deambulaba por la mansión suspendida en la constelación de Horologium. Aquel coloso imposible flotaba en el vacío como un desafío a las leyes del universo, un santuario de conocimiento y misterio donde los saberes más humildes coexistían con artes místicas prohibidas, y donde cada pasillo parecía guardar ecos de eras olvidadas.

Jamás, ni siquiera en sus fantasías más desbordadas, hubiera concebido la idea de un edificio flotando en medio del espacio. Mucho menos que su destino quedara irremediablemente entrelazado con el de una resistencia oculta, enfrentada a una élite ancestral capaz de retorcer el tiempo, moldearlo como arcilla y condenar mundos enteros con un solo gesto.

Aquel día debía marcar el inicio de su entrenamiento en la memorimancia, el arte de dominar los recuerdos y arrancar verdades sepultadas por el olvido. Sin embargo, Tristan había tomado otra decisión. Karl debía acompañar a Ana al Ministerio del Tiempo. Confiaban en que ella escucharía a su padre, que su voz tendría más peso que la de cualquier oficial. La citación no era un simple trámite: debían responder por lo ocurrido en la estación. De no haber mediado una acción inmediata del Ministerio, el tiempo se habría desbocado, acelerándose hasta hacer que los siglos se consumieran en segundos, arrastrando la historia misma hacia un inevitable fin de los días.

Para ambos, aquel viaje era mucho más que una misión. Era la oportunidad largamente postergada. Ana ansiaba mostrarle su mundo: la vida que había forjado entre paradojas temporales, responsabilidades imposibles y sacrificios silenciosos. Karl, en cambio, deseaba contemplar a su hija sin el velo de la ausencia, comprender a la mujer en la que se había convertido, más allá de los recuerdos rotos que comenzaban a recomponerse en su mente.

Sin concederse un instante más, avanzaron hacia un inmenso vitral en el corazón de la mansión. Sus colores no reflejaban la luz: la devoraban, como si en su interior latieran infinitos amaneceres y crepúsculos superpuestos. Karl comprendió entonces que no se trataba de una obra decorativa, sino de un umbral. Una puerta hacia destinos que ya estaban en marcha y no esperaban a nadie. Karl se detuvo en seco al cruzar el umbral, sintiendo que el aire se volvía más denso, cargado de una vibración invisible. Frente a él, el vestíbulo del Ministerio se extendía como una catedral de luz y geometría. El suelo de mármol turquesa era tan pulido que Karl tuvo la breve sensación de estar flotando sobre un vacío luminoso, interrumpido solo por las intrincadas vetas de oro que formaban patrones concéntricos hacia el horizonte de la sala.

 — Gracias por venir conmigo papá,no me gusta estar en el ministerio —dijo Ana sin siquiera girarse, agachando la cabeza y usando su gorra para cubrir su rostro, alli encontro a varios empleados, tanto humanos como otros seres que tenian de rostro un reloj.

— Si no fuera por ti Ana, el trabajo en el ministerio seria aburrido — dijo uno de los empleados.

— ¿Cuando aprenderas a tener mas cuidado? — le pregunto otro.

— ¡Ana, avisa cuando vas a causar otro apocalipsis! — le recrimino otro.

Ana sonreia con incomodidad, se debatia entre la verguenza y la molestia por cada comentario.

— ¿lo ves? — Le pregunto Ana a Karl, sin embargo, el estaba asombrado, hechizado por todo lo que estaba contemplando, Ana comprendió y siguio.Ella caminaba con una naturalidad casi insultante. Para Karl, aquellas columnas colosales con capiteles dorados parecían sostener el peso de los siglos, pero para su hija no eran más que hitos en su camino cotidiano.

Karl levantó la vista hacia el techo. Los relieves geométricos se entrelazaban en una danza de sombras y luces cálidas que parecían moverse si las miraba de reojo. Todo allí era demasiado perfecto, demasiado simétrico; era una arquitectura que no buscaba albergar personas, sino intimidar a la historia misma.

 —Es… inmenso —logró articular Karl, su voz perdiéndose en el eco infinito de la estancia.

 —Es solo el recibidor —respondió Ana, deteniéndose junto a uno de los sofás de seda color aguamarina. Se movía con una cadencia distinta, como si el flujo del tiempo en esa sala le perteneciera—. El tiempo aquí no corre, papá. Se administra.

 Ana jugueteó con la punta de sus dedos y, por un instante, Karl juró que el polvo que flotaba en los haces de luz lateral se detuvo por completo antes de seguir su baile. Mientras él se sentía pequeño, un intruso en un palacio real, Ana lucía como si finalmente estuviera en casa, rodeada de ese oro y ese verde turquesa que no conocían el paso de las décadas.

Karl caminaba con pasos cortos, evitando pisar las gruesas líneas doradas como si temiera profanar una obra de arte. Se detuvo ante un rombo complejo donde varias vetas de metal se cruzaban en un ángulo perfecto.

—Es un desperdicio de oro, Ana —susurró Karl, todavía abrumado—. Podrían haber alimentado a media nación con lo que cuesta este suelo.

Ana se detuvo y lo miró por encima del hombro. Una pequeña sonrisa, mezcla de paciencia y orgullo, asomó en sus labios. Retrocedió un par de pasos hasta quedar junto a él.

—No es oro, papá. Al menos, no solo eso. Es un conductor —ella se acuclilló y puso la palma de la mano sobre el metal frío—. Lo que ves no es decoración. Es el Telar.

Karl frunció el ceño, agachándose también.

—¿El Telar?

—Mira esa línea que nace bajo tus pies —señaló Ana. Karl bajó la vista—. Esa es tu vida. Si la sigues, verás que se cruza con la de mamá en ese nodo circular de allá atrás. Y ese patrón geométrico que se expande hacia la derecha... es el siglo XVIII. Cada rombo, cada ángulo y cada intersección representa un evento de convergencia temporal.

Karl sintió un escalofrío. Apartó el pie rápidamente, como si el suelo quemara.

—¿Me estás diciendo que estamos pisando la historia?

—Estamos pisando el mapa de la historia —corrigió Ana, poniéndose en pie con elegancia—. Las líneas que brillan más son eventos fijos, cosas que no podemos cambiar sin que el edificio entero se venga abajo. Las que son más finas y oscuras son realidades frágiles, hilos que todavía están decidiendo hacia dónde ir.

Karl observó el vasto salón. Lo que antes le parecía un vestíbulo lujoso, ahora se le antojaba una maquinaria aterradora.

Luego de cruzar el vestibulo, recorrieron un pasillo, a cada lado habian oficinas,cada una estaba rodeada por numerosos relojes de pared redondos. Lo curioso es que cada reloj marcaba una hora distinta,monitoreando diferentes líneas temporales o zonas geográficas simultáneamente. Las estaciones de trabajo estaban saturadas de botones, interruptores, pequeñas pantallas con gráficos y diales.Habían varios escritorios y en el fondo varias pantallas, mostraban diagramas circulares y datos complejos,un monitoreo constante del flujo temporal. Ante el asombro de Karl, Ana le explico que en cada pantalla se mostraba un universo diferente, tierras paralelas.

—¿Te refieres a que existe el multiverso? —preguntó Karl, fascinado.

—Algo así. Se les conoce como mundos infinitos, debido a que es difícil determinar cuántos existen. Sin embargo, han sido divididos en tres categorías —le explicó Ana mientras cruzaban el pasillo —. Existen los mundos de luz, los mundos del ocaso y los mundos oscuros.

En los primeros solo pueden acceder los seres luminosos: el Eterno, rey supremo y creador de todo lo que existe; los ángeles y los seres etéreos de luz. En resumen, ningún humano ni ser oscuro puede ingresar: serían fulminados al instante si intentaran hacerlo.

Los mundos del ocaso son donde habita la humanidad. Como su clasificación lo indica, son mundos donde el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el orden y el caos luchan constantemente. Allí, cada ser posee el libre albedrío para elegir su camino. En cambio, los mundos oscuros son dominios de maldad absoluta: los humanos pueden convertirse en demonios y no existe ni bondad ni esperanza.

—¡Increíble! —exclamó Karl—. Ahora tengo varias preguntas… espero no molestarte.

—¡Para nada! —respondió Ana, visiblemente complacida—. Por el contrario, estoy disfrutando este momento.

— ¿que es lo que están vigilando en realidad? — pregunto Karl.

— Gracias al ministerio, pudimos detectar anomalias y evitamos que los cronomantes en distintos universos alteraran la historia de la humanidad, sin embargo, ellos están alertas por un posible cataclismo,el cual pondria fin a todo lo que existe, aun no lo han identificado, pero algunos lo llaman como el vacio de gravedad, pero aun ignoro lo que es — explicó Ana.

Al final del pasillo se alzaba la puerta del ascensor. Subieron hasta el último piso del edificio y se encontraron con otro vestíbulo. En el centro había una estatua de mármol: representaba a una mujer cuyo rostro estaba cubierto por un casco tan elegante como aterrador. Vestía una armadura y una capa; en su mano derecha sostenía una hoz y en la izquierda, un reloj de arena.



El asombro de Karl se quebró como un vidrio bajo presión. Sus ojos permanecieron fijos en la estatua, pero ya no la observaban: la recordaban. Algo antiguo y doloroso se agitó en su interior, un recuerdo que no pedía permiso para emerger.

—¿Te sucede algo? —preguntó Ana con cautela—. ¿Hay algo que te incomode de la estatua de la Emperatriz del Tiempo?

Karl tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz no fue la de un hombre sorprendido, sino la de alguien que había sido marcado.

—Sí… —murmuró—. Aún la recuerdo.

Las palabras cayeron con un peso inesperado. Ana frunció el ceño, desconcertada. Ella jamás había estado frente a la Emperatriz; su sola presencia era un privilegio —o una condena— reservado a unos pocos. Ignoraba por completo que su padre hubiese tenido un encuentro con aquella entidad que regía el fluir de los instantes. Ni siquiera su madre le había hablado de ello.
Iba a preguntarle, pero algo cambió en el aire.

Un sonido metálico, acompasado, resonó detrás de ellos.

—El tiempo rara vez permite que los recuerdos permanezcan enterrados —dijo una voz grave, ajena, como si no proviniera del todo de este mundo.

Karl y Ana se giraron.

Frente a ellos estaba Meldric, el Ministro del Tiempo. Mitad hombre, mitad máquina. Su rostro humano se fundía con placas de metal antiguo, recorridas por finas runas luminosas que palpitaban al ritmo de un mecanismo interno. Vestía un traje de paño gris impecable y una capa verde con bordes dorados que parecía ondular aunque no hubiera viento alguno.



—¡Meldric! —exclamó Ana. Dio un paso para abrazarlo, pero se detuvo a medio camino y, recordando el protocolo, hizo una reverencia—. Buenos días, ministro.

—¡Ana! —respondió el cyborg—. Qué sorpresa que llegaras a tiempo. Aunque seas una dama del tiempo, la puntualidad no es precisamente tu mayor virtud.

—Yo no llego tarde —replicó Ana con una sonrisa ladeada—. Llego en el momento justo.

Meldric desvió entonces la mirada hacia Karl y le extendió la mano.

—Usted debe ser Karl Mendel. Su hija me ha hablado mucho de usted. Tenerlo aquí me indica que tuvo éxito con el regenerador de memoria. Debo admitir que no tenía fe alguna… y, sin embargo, aquí está la prueba de que, pese a conocer todo lo que existe, aún soy ignorante ante lo que se considera imposible.

Karl estrechó su mano con firmeza.

—El gusto es mío, señor ministro —respondió con respeto.

—Dispongo de un par de minutos antes de entrar a una reunión con la emperatriz. Por favor, acompáñenme a mi oficina.

Meldric los condujo hacia el fondo del vestíbulo. Allí se encontraba su despacho: un espacio amplio, con un escritorio rodeado de estanterías repletas de libros antiguos y modernos, intercaladas con esferas luminosas que no eran simples objetos decorativos, sino auténticas ventanas hacia otros mundos.

Los tres tomaron asiento. Karl no podía apartar la mirada; cada rincón del lugar parecía susurrar secretos imposibles.

—Como sabrás, Ana, esta vez te excediste… y no es la primera —dijo Meldric con tono severo—. Incluso en los periódicos de tu universo se denunciaron las fallas de los relojes. Hasta ahora se había logrado contener el problema sin mayores complicaciones, pero esta vez la anomalía parecía incontrolable. Afortunadamente, se trabajó sin descanso para solucionarla.

Ana se encogió de hombros, restándole importancia.

—Tu tutora, Eleonor, estuvo aquí y firmó los memorandos correspondientes. Solo falta tu firma para legalizar la restauración de la anomalía.

Meldric señaló una columna repleta de hojas blancas que parecía no tener fin.

—¡P-pero, Meldric! —protestó Ana—. Tampoco es p-para…

—¿Para tanto? —la interrumpió—. Ya sé lo que vas a decir. Sí, podrías atribuirte méritos por haber salvado el universo, pero también provocaste otros desastres. Digamos que tus hazañas han sido suficientes para evitarte un castigo más severo. Solo firma… y no intentes adularme. Te funcionó las primeras veces, pero te conozco demasiado bien.

Ana suspiró, resignada, y comenzó a firmar. Sin embargo, se detuvo de pronto, invadida por una sensación inquietantemente familiar.

Ana se quedó inmóvil.

Algo antiguo, profundo, casi olvidado, vibró en su interior.

A través de la ventana de la oficina distinguió a las dos figuras. El hombre avanzaba con una armadura verde, sosteniendo una lanza que parecía tallada en la propia estructura del espacio. A su lado caminaba la mujer, envuelta en una armadura dorada que reflejaba la luz como si portara un amanecer entero. Su cabello, largo y rojizo, trenzado con solemnidad, ondeaba con una dignidad que no pertenecía a este tiempo.

El aire se volvió denso.

—No —susurró Ana, apenas audible.

La voz de Meldric la detuvo antes de que el recuerdo tomara forma.

—No es quien crees, Ana.

El ministro se puso de pie. Incluso sus movimientos mecánicos adquirieron una gravedad ritual.

—Tera, la Zafyranova, no camina entre los mundos desde hace eones —dijo—. Su nombre no pertenece al presente, sino a la memoria del cosmos. Cayó el día en que empuñó la espada Paradox perfeccionada para enfrentar al Astralord.

Las esferas luminosas de la oficina parecieron oscurecerse.

—Paradox no era un arma —continuó Meldric—. Era una sentencia. Forjada para cortar la causalidad, para herir aquello que existe más allá del tiempo. Ningún ser mortal estaba destinado a blandirla… y aun así, Tera lo hizo.

Meldric inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto que rozaba la reverencia.

—La espada absorbió su vitalidad, partícula por partícula, descomponiéndola a nivel molecular hasta borrar su presencia de la materia y del tiempo. Ella conocía el precio. Sabía que al vencer al Astralord sellaría también su propio final.

Ana sintió un nudo en el pecho.

—Su sacrificio salvó incontables mundos —concluyó Meldric—. Pero desde entonces, Paradox quedó en silencio… y Tera se convirtió en leyenda.

El silencio que siguió no fue vacío.
Fue respeto.




—Ella es Flare, la Amazona Solar, guerrera del fuego. No lleva mucho tiempo aquí, pero es una de las más poderosas entre los cuatro emperadores del tiempo. Y ya conocías a Gale, el vikingo del viento —dijo Meldric—. Aunque, para ser franco, solo existe una emperatriz. Los otros tres no son más que entes reguladores, creados para contenerla y evitar que tome decisiones imprudentes.

Ana bajó la cabeza.
Por un instante, creyó que Zafyranova había sobrevivido al combate. Durante todo un año se había negado a aceptar su muerte, y aquel pensamiento encendió en su interior una chispa de esperanza que se extinguió tan rápido como había nacido.

—Me temo que debo retirarme —anunció Meldric con solemnidad—. Espero que la reunión no se prolongue.

Cuando el ministro se marchó, Karl se puso de pie y comenzó a recorrer la oficina, observando cada objeto con extremo cuidado, como si temiera alterar el equilibrio del lugar. El silencio ceremonial fue interrumpido por la voz de Ana.

—Papá… ¿podrías contarme sobre el encuentro que tuviste con la emperatriz? —preguntó.

Karl suspiró. Regresó a su asiento y, tomándose su tiempo, comenzó a hablar:

—No quería volver a hablar de lo sucedido. Pero al ver esta nueva realidad, ya no puedo seguir ocultándolo. Ocurrió antes de que supiéramos que tu madre te llevaba en su vientre. Habíamos terminado una gira por países de Sudamérica para abrir nuevas sedes de Mendel Corp y decidimos reunirnos con Raimundo. En ese entonces tenía un asistente llamado Kaito Nakajima… quien, curiosamente, se hacía llamar Astralord, vaya coincidencia, quien iba a pensar que ese hombre se transformaria en una amenaza para la existencia misma.

Karl hizo una pausa antes de continuar.

—Mientras hablábamos, Mara se retiró; no se sentía bien. Entonces escuchamos un grito. Era ella. Cuando la encontramos, había sido absorbida por un portal. La situación era peor de lo que imaginábamos: aquel portal era una prueba con la que Raimundo pretendía instaurar la fundación Heliópolis. Al ser provisional, no tenía un destino definido… podía haber quedado atrapada en cualquier universo.

Tomó aire y prosiguió:

—Organizamos una expedición. Fuimos Raimundo, Dylan Tiberius y yo. Dylan era mi hombre de confianza; fue el primero en usar la prótesis que tu madre y yo creamos. Creímos que nos tomaría una eternidad encontrarla, pero alguien nos condujo a la dimensión correcta. Aparecimos en la entrada de Cronópolis, la ciudadela del tiempo.

La voz de Karl se volvió más grave.

—Allí estaba ella. La emperatriz. Sostenía a Mara en sus brazos. Creí que la había lastimado, pero no pudimos hacer nada antes de que nos amenazara.

Karl recordó sus palabras con precisión inquietante:

—«Tienen dos opciones. Karl, dile a tu amigo que ni se le ocurra activar el arma que piensa usar. Si lo hace, podría herir a la mujer… y me veré obligada a eliminarlos a todos».

—Estábamos perplejos —continuó—. Sabía todo lo que iba a suceder antes de que ocurriera.

Karl cerró los ojos un instante.

—«Me muevo en tres tiempos distintos», dijo. «Conozco lo que fue, lo que es y lo que será. Aun así, soy una emperatriz benevolente. La mujer está a salvo, solo agotada. Se las entregaré y espero que abandonen este lugar. Abriré la puerta para ustedes».

—Se acercó a mí y puso a Mara en mis brazos. Regresamos a la mansión Dirtbound. Tras un chequeo médico, supimos que estaba embarazada. Ella quería darme la sorpresa durante la reunión.

Karl sonrió con tristeza.

—A pesar de la alegría, la experiencia fue tan angustiante que prometimos no volver a hablar jamás de ellos —dijo, antes de mirar a Ana—. ¿Tú la conoces?

—No —respondió Ana, desconcertada—. He estado aquí muchas veces y nunca me han permitido verla. No sé por qué. Solo he escuchado los rumores.

Ana guardó silencio un instante, como si pronunciar aquel nombre exigiera algo más que palabras.

—Dicen que, antes de ser emperatriz, fue humana —comenzó—. Una mujer común que tocó aquello que no debía tocar: la partícula divina, el fragmento primigenio que sostiene el fluir del tiempo. No la eligieron; fue el tiempo quien la reclamó.

Ana apretó los dedos.

—El poder la desgarró. La arrojó fuera de toda línea temporal, la hizo errar entre realidades que aún no habían nacido y otras que ya habían muerto. Allí fue capturada por la Calamidad del Tiempo, un ente antiguo, nacido del colapso de las eras, cuya sola presencia devoraba futuros enteros.

La luz pareció retraerse.

—Durante su cautiverio no gritó. Observó. Aprendió. Comprendió que el tiempo no se domina: se escucha. Cuando estuvo lista, forjó su armadura con restos de universos extinguidos y templó su voluntad hasta que el miedo dejó de existir.

Ana alzó la mirada, y su voz adquirió un matiz reverencial.

—La batalla no ocurrió en un solo lugar, sino en todos. Cada golpe resonó en mil realidades; cada herida reescribió destinos. La Calamidad era infinita… pero la emperatriz se convirtió en necesidad.

Hizo una pausa.

—Con las estrellas moribundas creó una hoz, un arma nacida del final de los cielos. Con ella cortó a la Calamidad no solo en cuerpo, sino en esencia, separando su existencia del fluir del tiempo.

El aire se volvió denso.

—Tras la victoria, no reclamó tronos ni alabanzas. Liberó a los cautivos del tiempo y fundó Cronópolis, el santuario donde convergen todas las realidades. Allí estableció el Ministerio del Tiempo, no para gobernar, sino para vigilar, para impedir que el caos volviera a alzarse.

Ana bajó la voz, casi en un susurro.

—Desde entonces, ya no pertenece a ningún pasado ni a ningún futuro. No es diosa… pero tampoco humana. Es la emperatriz del tiempo, y su voluntad es la frontera entre el orden y la aniquilación.

Ana y Karl permanecieron en silencio, ella siguio firmando las hojas, mientras Karl meditaba todo lo que habia escuchado, apenas era el comienzo de conceptos que estaban más alla de su comprensión. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario