Capítulo 3
La serpiente mental
Habíamos regresado a la mansión. El asombro y la curiosidad se extinguieron como brasas al viento, sustituidos por un silencio sepulcral tras las verdades reveladas en el Ministerio del Tiempo. Aquel conocimiento no pedía ser celebrado, sino soportado. Uno a uno, nos retiramos a nuestras habitaciones, cargando con el peso de lo descubierto. No imaginaba entonces que el amanecer siguiente marcaría el inicio de una transformación irreversible.
Ana permanecía en su taller, ajustando los últimos engranajes de sus creaciones, como si intentara imponer orden al caos del universo. Pero antes de que pudiera hablar con ella, Eleonor me encontró. Sin palabras ceremoniales, sin concesiones, comenzó el entrenamiento. No fue una experiencia amable. No confiaba en esa mujer, y estaba seguro de que ella tampoco confiaba en mí. Había algo en su mirada, algo antiguo y afilado, que no me concedía paz. Sin embargo, Ana la veneraba; la seguía como a una hermana mayor, como a una guía. Ana podía ser prodigiosa, incluso temible en su intelecto y poder, pero seguía siendo ingenua… y el mundo no perdona a los ingenuos.
Aun así, lo que Eleonor me enseñó rozaba lo sagrado. Me habló de las memorias como templos y como prisiones; de los distintos bloqueos que la mente erige para sobrevivir; de las cerraduras invisibles que protegen lo que no estamos listos para recordar. Y también, con una frialdad casi ritual, me enseñó cómo profanarlas. Cada lección era un descenso, cada ejercicio una herida abierta en la conciencia.
El adiestramiento no se limitó a la memorimancia. El general Tristan se encargó de mi cuerpo, moldeándolo con disciplina y rigor. Lo verdaderamente insólito fue ver a Ana unirse al entrenamiento. Ella, que siempre había huido del esfuerzo físico, combatía ahora contra su propio límite. Aquello fue considerado un milagro. Incluso Tristan, curtido por guerras imposibles, observaba con asombro. Muchos se preguntaban cómo había sobrevivido a enfrentamientos contra cronomantes y entidades cósmicas. En voz baja, Tristan me confesó que mi presencia, como padre, era un ancla que la mantenía en pie.
Tras una semana, Ana anunció que todo estaba preparado. No comprendí la magnitud de sus palabras hasta descubrir su obra: volantes, tarjetas y un antiguo edificio del centro de la ciudad restaurado como oficina. Las tarjetas eran distintas entre sí, cada una portaba una dirección única. Ana me explicó que el edificio no existía en un solo lugar, sino en múltiples dimensiones superpuestas sobre la ciudad. Se desplazaba, se ocultaba, se reinventaba. Así, jamás podrían encontrarlo dos veces en el mismo punto.
La presentación tuvo lugar en la Plaza de Bolívar. Ana apareció vestida como una maestra de ceremonias circense, una figura sacada de un sueño imposible. Ante la multitud, me proclamó como el memorimante. Y la gente acudió. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, suplicando por fragmentos de sí mismos. Recuerdos pequeños, recuerdos rotos, recuerdos que temían haber perdido para siempre. Comprendí entonces que la memoria es la última patria del ser humano.
La afluencia fue incesante. Ana, ahora con el atuendo de secretaria, organizaba horarios, nombres y destinos con una precisión implacable, como si dirigiera una maquinaria destinada a desafiar al olvido.
¿Quién habría imaginado que un pionero de prótesis sensibles acabaría convertido en un parapsicólogo? No por fama ni por fe, sino por amor. Para recuperar a Mara, la mujer que amo. Para evitar que el universo se desmoronara en silencio.
Atendí a muchos. Crucé cientos de mentes. Desenterré memorias que nunca debieron ser tocadas. Pero ningún recuerdo me condujo hasta ella.
Entonces comenzó la verdadera prueba. Aquella que no pondría a prueba mi don, sino mi espíritu. La que desataría dolores enterrados, verdades prohibidas y sacrificios inevitables… tanto para Ana como para mí.
Karl Mendel 7-14 de abril de 2036
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Karl Mendel y Ana avanzaban por los pasillos del hospital guiados por una enfermera. Los rumores sobre el memorimante se habían propagado como un incendio por toda la ciudad, convenciendo a la comunidad médica de que solo aquel hombre podía sanar a los científicos afectados y poner fin al virus de la amnesia. Aún les costaba creer su suerte: el plan de Ana estaba funcionando. Ambos lo sabían… ellos eran la clave. Quizá, entre las memorias robadas, aún persistieran fragmentos del subconsciente de Mara.
—Por aquí está la habitación —indicó la enfermera, deteniéndose frente a una puerta—. Si necesitan algo, pueden avisarme, señor memorimante y señorita…
—Anaís, Anaís La Torre. Soy su asistente —respondió Ana con una elegante reverencia.
Esta vez no llevaba su habitual overol ni la boina desgastada. Vestía un refinado conjunto victoriano color magenta, perfectamente ajustado, y su lenguaje corporal delataba un claro deseo de presumir. La enfermera asintió, algo confundida, y se retiró.
Karl la observó con abierto asombro.
—No dejas de sorprenderme, Ana. Eres todo un camaleón… tienes un disfraz para cada ocasión —expresó.
Ana soltó una carcajada breve, mezcla de alegría y vanidad, como si hubiera estado esperando ese cumplido de su padre.
—Durante mis combates contra los cronomantes tuve que adoptar muchos alias —explicó—. También usé aditamentos para bloquear sus poderes. Como te mencioné alguna vez, un duelo entre cronomantes es extremadamente peligroso si se prolonga demasiado: pueden formarse fracturas en el telar del espacio-tiempo. La fuerza bruta rara vez es la mejor opción para ganar.
Justo antes de entrar en la sala, Ana se detuvo en seco. Su expresión cambió.
—Me quedaré aquí vigilando —dijo con voz grave—. Presiento algo.
Karl no preguntó. Simplemente entró.
Dentro encontró a los siete científicos, inmóviles en sus sillas de ruedas, atrapados en un trance perpetuo, como si algo les hubiese drenado el alma. Sin perder tiempo, Karl activó el memoria regenerita. Al instante comprendió que estaban conectados entre sí: no era necesario intervenir uno por uno. Existía un bloqueo general.Se sumergió en la mente de uno de ellos y descendió a la dimensión de las memorias.
En la dimensión de las memorias, Karl comprendió de inmediato que aquello no era un bloqueo común.
Y frente a ellas, enroscada alrededor del cerrojo, yacía la serpiente.
Karl sintió algo inquietante: la criatura no defendía las memorias, las vigilaba, como si su misión no fuera impedir el acceso, sino asegurarse de que nadie las despertara.
Al dar un solo paso, la serpiente reaccionó.
No atacó con furia, sino con exactitud.
Karl avanzó de todos modos.
No la enfrentó con fuerza, sino con contradicción, desordenando el ritmo del recuerdo, obligando a la serpiente a perseguir múltiples futuros posibles. Confundida, la criatura terminó por enroscarse sobre sí misma, cayendo en el vacío del no-recuerdo.
Las cadenas quedaron solas.
Habían sido arrancados con cuidado.
Cuando regresó al mundo real, la escena había cambiado por completo.
Ana estaba detrás de él, sosteniendo una gigantesca burbuja de energía a modo de barrera. Frente a ella, un hombre cubierto por una armadura de cobre la atacaba sin tregua. Su casco tenía la forma de una cabeza de cobra y, desde su espalda, emergían cuatro serpientes de energía que disparaban proyectiles luminosos contra la barrera.
—Sssss.... parece que el doctor Mendel ya ha vuelto en sí —exclamó el atacante con voz burlona.
Acto seguido, dio media vuelta y escapó.
—¡Vuelve aquí, Amalek! —gritó Ana, furiosa, lanzándose tras él.
Karl la sujetó del brazo, obligándola a detenerse.
—¡Cálmate! ¿Qué ha sucedido? —preguntó, intentando tranquilizarla.
Ana estaba agitada, respirando con dificultad. Era extraño verla así. Normalmente, siempre parecía tener el control, serena y risueña, como si nada pudiera superarla. Esta vez no.
—¡Es él! —exclamó, recuperando el aliento—. ¡Es el segundo cronomante!
Karl quería exigir respuestas, pero en ese momento los científicos comenzaron a reaccionar. Volvían en sí, desorientados. La habitación estaba hecha un desastre. Antes de que la enfermera regresara, Ana hizo un simple ademán y el lugar se restauró por completo: cada objeto en su sitio, todo en perfecto estado, como si nada hubiera ocurrido.
Cuando la enfermera entró acompañada del doctor, ambos quedaron paralizados al ver a los científicos despiertos, como recién devueltos a la vida. Aún alterados, repetían una y otra vez la misma frase:
Habían estado prisioneros…
custodiados por una serpiente gigante.
La mansión Horologium volvió a cerrarse sobre ellos como un refugio y, al mismo tiempo, como una prisión. En la oficina del general, Ana y Karl se sentaron frente a Eleonor y Tristan para entregar el informe de lo ocurrido en el hospital. Nadie tocó la mesa. Nadie rompió el silencio hasta que Karl habló.
—Cada uno de los hombres que rescatamos es experto en un área específica: física cuántica, energía termonuclear, ingeniería mecánica y electrónica —explicó Mendel—. Los recuerdos que les fueron arrancados están ligados a principios que ellos dominan, conocimientos que no aparecen registrados en ningún libro. Todo apunta a un intento de construcción… algo capaz de alterar la estabilidad del tiempo.
La afirmación flotó en el aire, pesada.
—Eso coincide con lo que vi en una de las fábricas que saboteé —intervino Ana, llevando una aromática a los labios para ocultar el temblor de sus manos—. Un día antes de enviarte el memoriorregenerita, me enfrenté a Quantem, uno de los generales del ejército cronomante. Su espada podía romper mi barrera. Durante el combate descubrí un motor gigantesco, oculto, tal vez para un vehículo colosal o un autómata. No pude rescatar planos: una caldera explotó y el fuego lo devoró todo. Quantem perdió su espada… y eso me permitió derrotarlo y sacarlo antes de que el lugar colapsara.
Eleonor asintió con frialdad.
—Gracias, Mendel —dijo, y luego clavó la mirada en Ana—. Ahora quiero que me cuentes con detalle lo ocurrido con Amalek. Todo. No omitas nada.
Ana respiró hondo.
—Sentí que algo nos observaba cuando mi papá entró a la habitación. Intenté localizar esa presencia… y entonces apareció frente a mí.
La habitación pareció encogerse mientras Ana hablaba.
—Sssss… así que tú eres Ana —dijo él—. Te imaginaba más imponente. Más formidable. Pero solo veo a una niña que finge ser fuerte…
—Hasta que por fin diste la cara —le respondí—. El segundo cronomante.
—Soy mucho más que eso —se burló—. Yo soy Amalek. La serpiente mental. El terror de los pensamientos del colectivo mundial… universal. No estaría aquí si tu madre no hubiera fallado.
Comenzó a rodearme.
—Tu victoria no es tuya —continuó—. Tu madre saboteó todo para salvarte. No tenías oportunidad. Detrás de esa fachada segura solo hay una niña herida que aún llora por la separación de sus padres.
Ana apretó los puños.
—¡Ya me cansaste!
Pero Amalek no retrocedió.
—No lucharé contigo, Ana. No aún. Tu padre, en cambio…
Se lanzó hacia él. Detuve el tiempo. Lo alcancé antes de que lo tocara y levanté una barrera cuando sus serpientes de energía me atacaron. Frascos estallaron. Las baldosas se partieron. La pared cedió. Mi papá volvió en sí… y Amalek se retiró.
El silencio regresó a la oficina.
—¿Eso es todo? —preguntó Eleonor.
Ana asintió.
—Creo que hay algo más —insistió ella.
Ana rompió en llanto.
—Es suficiente —intervino Karl con voz dura.
—Coincido —dijo Tristan—. Pero hay algo que debemos aclarar, Eleonor. ¿No se suponía que habíamos destruido el culto de Amalek?
—Estoy segura de que sí —respondió ella—. Ese fue siempre mi mayor objetivo.
—¿Culto? —preguntó Ana—. Elly… ¿de qué están hablando?
Eleonor se levantó y caminó hasta la ventana. Las nebulosas se reflejaron en sus lentes.
—Nunca pensé revelar esto —dijo—. Pero ya no podemos ocultarlo.
Respiró hondo.
—Mis padres, Leonel y Maritza Collins, formaban parte de la organización cronomante. Al principio estaba dirigida por Kaito Nakajima, hasta que intentó atacar a tu madre. Fracasó y escapó a otro universo. Mara tomó el mando, pero era débil. Los fundadores se fragmentaron, cada uno intentando crear un avatar de Cronos a su manera.
Hizo una pausa.
—Mis padres adoraban a otra entidad. Amalek. Una fuerza ancestral capaz de dominar el pensamiento colectivo. Me eligieron a mí para encarnarla. Fui sometida a experimentos… a torturas. Obtuve ese poder, y fue el peor error de sus vidas. Huyeron aterrados.
La voz le tembló.
—Ese poder era incontrolable. Maté al hombre que amaba. Fui perseguida, desterrada de Brasil. Luego conocí a Tristan. Formamos la resistencia y destruimos el culto de Amalek. Nadie sobrevivió… o eso creí. Si alguien escapó, si alguien logró encarnar a esa entidad y aliarse con Mara…
No terminó la frase.
—¿Por qué no nos lo dijiste antes? —preguntó Ana.
—Porque ahora dudan de mí —respondió Eleonor—. Porque mi pasado me persigue.
Ana se acercó para abrazarla. Karl, en cambio, permaneció inmóvil. Recordó cómo Eleonor había presionado a su hija. La duda seguía viva.
—Sin mi ayuda —añadió Eleonor— el ejército cronomante seguiría intacto.
—No te acusamos —dijo Tristan—. Pero debemos estar unidos. Nuestras fuerzas se agotan. Y si Amalek puede leer los pensamientos… la distancia no nos protegerá.
Esa noche, Karl no pudo dormir.
Las palabras de Amalek lo perseguían.
Una niña herida.
Aunque nunca hubo divorcio, su ausencia había marcado a Ana. Él lo sabía. Era su culpa. Su orgullo. Su incapacidad de luchar por su familia.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde el inicio de la guerra, comprendió el verdadero peligro.
No podían esconderse.
No podían mentir.
Porque si Amalek estaba escuchando…
Ya sabía exactamente dónde golpear.



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