viernes, 9 de enero de 2026

Anacrónica: Crónicas del memorimante: capítulo 4

                                                                            Capítulo 4

A la sombra de la maquina

No sé en qué momento quedé atrapado en la profundidad de mis propios pensamientos. Fue un descenso lento, casi imperceptible. Mi mente estaba saturada, girando una y otra vez alrededor de los mismos nombres, las mismas sombras: Amalek, la Emperatriz, Mara. Pensé que ahí terminaba el círculo, pero entonces apareció un recuerdo que no había querido mirar de frente.

Dylan Tiberius.

Me perturbó darme cuenta de que había logrado olvidarlo. A él, que salvó mi vida y la de Mara durante la toma de Bogotá. A él, que perdió su brazo izquierdo al interponerse entre la muerte y nosotros. De su sacrificio nació la primera prótesis sensible, y aun así, mi memoria lo relegó al silencio. No fue solo nuestro guardaespaldas. Fue amigo. Fue familia. Y lo dejé desvanecerse.

Después del encuentro con la Emperatriz del Tiempo algo se quebró en él… o quizá en todos nosotros. Cada día era más inestable, más distante, como si ya no habitara del todo este mundo. Antes de que yo perdiera la memoria, desapareció. Y ahora temo que su ausencia sea otra consecuencia de mis errores, otro nombre que cargo sin respuestas.

No comprendo cómo pude olvidar a alguien tan importante. Cómo permití que se marchara, del mismo modo en que permití que Mara y Ana se alejaran de mí. La amnesia no me absuelve. La culpa persiste, intacta, aferrada a lo poco que recuerdo. Aún temo no haber recuperado por completo el cariño de Ana… y que, en el fondo, ya sea demasiado tarde.

Karl Mendel -15 de abril de 2036

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Sin objetivos claros en el horizonte, Tiberius estaba cansado de esperar. Lo que había descubierto a través de sus libélulas mecánicas espía, sumado a lo que Ferdinand Dirbound le había revelado, lo mantenía inquieto: la creación de una nueva realidad, un punto de origen reconfigurable, donde podría elegir quién quería ser y escribir su propio destino.

Decidió visitar los alrededores de su antigua guarida en el barrio Santa Fe. En el camino fue atacado por otros mercenarios. No representaron un desafío real; sin embargo, la insistencia de los ataques lo obligó a capturar a uno de ellos. Lo interrogó sin rodeos. El matón confesó que existía una recompensa gigantesca por su cabeza. Satisfecho, lo ejecutó sin vacilar.

Sabía perfectamente quién estaba detrás de todo: su viejo mentor, Bilam. Lo conocían como el Hechicero, capaz de convertir a cualquier persona en un ciborg, y también como el temido señor del mercado negro.

Bilam no tenía una ubicación fija.
Pero Tiberius conocía a alguien que sí.

En uno de los apartamentos del sector, una mujer de la tercera edad regaba tranquilamente sus plantas. Sin previo aviso, una densa neblina cubrió el lugar. Tiberius irrumpió en la sala y, de su brazo mecánico, desplegó varias armas, intentando intimidarla. La mujer no se inmutó.

—¿De verdad intentas intimidarme, Tiberius?

—Por lo visto, no lo logré, querida doctora Esther —respondió, guardando las armas.

—No le temo a la muerte —dijo ella con serenidad—. Es solo un paso más, un nuevo camino. Por ahora vivo tranquila, jubilada, con algunos achaques de salud. He contemplado todos los escenarios posibles para abandonar este mundo.

Con un ademán, le indicó que se sentara.

—¿A qué has venido? —preguntó.

—Digamos que mi viejo mentor me dio una cálida bienvenida… y quiero devolverle el favor —respondió Tiberius, esbozando una sonrisa.

—Debiste alterarle los nervios de algún modo —comentó Esther.

—¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Esther lo observó con atención antes de responder.

—¿Y qué seguirá después? ¿Karl y Mara no te habían dado un propósito?

La pregunta lo incomodó. Se puso de pie y apretó su puño de metal.

—No puedo olvidar ese día. No pude desprenderme de esa sensación. Jamás pensé que volvería a sentirme vulnerable… como cuando era niño. El encuentro con la Emperatriz me hizo sentir insignificante. Como un insecto. Sabía todo lo que iba a hacer, como si estuviera dentro de mi mente. Por una razón que aún no comprendo, sentía su hoz en mi cuello sin que ella se moviera.

Esther no lo interrumpió.

—De niño era débil. Enfermizo. Los más fuertes sentían que tenían derecho a aplastarme. Me uní al ejército para volverme fuerte, para proteger a otros. Pero cuando vi cómo asesinaban inocentes, traicioné mis principios para salvar vidas. No me arrepiento. Les debo gratitud. Aun así… sigo siendo un ser incompleto. No fui rival para un ser absoluto. Debo dejar atrás mi humanidad. Mis recuerdos. Ir más allá de los límites del hombre. Ni siquiera la Emperatriz podrá superarme.

—¿Entonces has estado fingiendo que no los conoces? —preguntó Esther—. ¿Por qué salvar a Mara, entonces?

—Lo único que me ata a ellos es una chispa diminuta de mi alma. Mi parte emocional. Cuando eso muera… no significarán nada.

—No logro comprenderte, Tiberius —dijo ella con tristeza—. Lo tenías todo y ahora deseas perderlo por este conflicto entre la máquina y la carne.

—Puede que esta sea la última vez que nos veamos… con lo poco de humanidad que me queda.

Esther le dio las indicaciones que buscaba. No ofreció consuelo ni palabras de aliento. Todo estaba dicho. El hombre que alguna vez intentó curar, aquel al que Karl y Mara habían restaurado el brazo, había desaparecido. La máquina había ganado.

No muy lejos de allí, en una elegante residencia, Bilam bebía una copa de vino cuando su ojo biónico detectó una amenaza. Dejó de observar los signos vitales de sus hombres. La puerta se abrió.

—¡Dylan, viejo amigo! —exclamó.

—Gracias por la bienvenida —respondió Tiberius, desafiante.

—Acompáñame, muchacho. Déjame terminar esta copa.

Ambos se sentaron.

—No es personal —explicó Bilam—. Atacaste a clientes muy poderosos. El negocio se vio afectado.

—Eran una decepción. Ni siquiera dieron pelea. Bastó un chantaje para tenerlos a mis pies. Por eso los eliminé. Si hubieran mostrado algo de valor, habría perdonado sus vidas.

—Aún recuerdo cuando te encontré —dijo Bilam con nostalgia—. Al borde de la locura, tras matar a dos de mis mejores hombres. Te convertí en lo que eres ahora. Tu prótesis se volvió tu mejor arma. Jamás pensé que terminaríamos enfrentándonos a muerte.

Subieron a la terraza. El silencio era insoportable. Un leve sonido bastó para romperlo.

Bilam disparó primero. Tiberius desvió cada proyectil con la espada que emergía de su brazo mecánico. Rodó para esquivar misiles, se incorporó, recibió una patada que lo lanzó contra el barandal. Generó una neblina y se ocultó.

—Vamos —rió Bilam—. Ese truco te lo enseñé yo.

Un rayo de energía salió de su ojo biónico y golpeó a Tiberius en el abdomen.

—Disparo de advertencia. El siguiente será letal.

Tiberius respondió convirtiendo su brazo en una ametralladora. El intercambio fue brutal. Arsenal contra arsenal. La pelea se equilibró hasta que solo quedó la fuerza bruta.

En un movimiento decisivo, Tiberius desplegó una navaja y cortó el cuello de Bilam. Lo único que aún conservaba de humano.

—Jugaste sucio… —dijo Bilam mientras se desangraba—. Bien hecho.

—Era la única manera.

Bilam murió.

Tiberius no sintió remordimiento. Al menos no de inmediato.

Entonces una voz regresó a su mente.

—¿A qué has venido, Tiberius?

Era Esther.

—¿Qué seguirá después? ¿Ha valido la pena?

La pregunta lo atravesó.

—¿Qué es lo que estoy haciendo…?

Se desplomó en el suelo, observando el cielo nocturno.

—Espero que todo esto valga la pena —susurró—. Que la tal Anacrónica sea un verdadero desafío… y que, cuando todo sea reiniciado, me convierta en un ser absoluto.

El cielo seguía ahí, indiferente. Tiberius respiraba con dificultad, no por daño físico, sino por algo más antiguo. Más profundo.

Karl Mendel apareció en su mente sin ser llamado.

No como era ahora. No como el hombre quebrado por la memoria. Lo vio como antes: concentrado, con las manos manchadas de grasa y circuitos, hablando con una pasión casi infantil sobre un futuro que aún parecía posible. Recordó el taller. El olor a metal caliente. A Mara riendo en algún rincón. Recordó el instante exacto en que aceptó la prótesis.

Confía en mí, le había dicho Karl. No es solo una máquina. Va a aprender contigo.

Y lo hizo.

La prótesis aprendió a moverse. A proteger. A matar. Aprendió todo aquello que Karl jamás quiso enseñarle.

—Lo siento —murmuró Tiberius, sin saber a quién se lo decía.

Tal vez a Karl. Tal vez a Mara. Tal vez al hombre que fue antes de convertirse en arma.

Recordó el día en que salvó a Karl durante la toma de Bogotá. El impacto. El dolor. La sangre. El brazo perdido. Y aun así, no dudó. Nunca dudó. En ese momento, protegerlos le dio sentido a todo. Fue la primera vez que se sintió completo.

Ahora, ese recuerdo pesaba como una traición.

Karl había creado una prótesis para devolverle humanidad.
Él la había convertido en el instrumento para perderla.

—Si me vieras ahora… —pensó—. Si supieras en qué me estoy convirtiendo.

Por un instante, deseó que Karl lo odiara. El odio sería más fácil de cargar que esta culpa silenciosa, esta certeza de haber tomado el camino opuesto al que alguien confió en él.

Se incorporó con esfuerzo. Miró su brazo mecánico, aún manchado de sangre que no le pertenecía.

—Te prometí protegerlos —susurró—. Y mírame.

El viento nocturno no respondió.

Pero en el fondo de su mente, Tiberius supo que, cuando todo fuera reiniciado, cuando Anacrónica cumpliera su destino, habría una sola cosa que no podría borrar por completo.

El recuerdo de Karl Mendel.
Y la culpa de haberlo fallado.


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