Capítulo 5
La duda
Otra semana había pasado.
Temerosos. Obsesionados. Con la certeza de que nuestros pensamientos, incluso nuestras emociones más íntimas, estaban expuestos ante Amalek. Para él la distancia no significaba nada. Nunca lo había hecho. Acechaba desde donde fuera, desde donde pudiera.
Ni siquiera la rutina lograba distraerme. Y eso que mi agenda estaba llena. Saturada. Por la mañana, la oficina, otros clientes, asuntos que fingía atender con normalidad. Ana organizando horarios, recordándome lo que debía hacer, lo que aún podía sostener. Por la tarde, la memorimancia. Ejercicios. Control. Disciplina. En los pocos momentos libres, el entrenamiento con Tristan. El cuerpo resistía. La mente no.
Siempre había un instante. Uno solo. Suficiente. En el que todo volvía. Lo ocurrido en estos días. Los hechos encajando con mi pasado. Un pasado que no se va. Que observa. Que juzga. No encuentro redención.
No podía hablarlo con Ana. No hacía falta. Su intuición siempre iba un paso delante de mis silencios. El fin de semana me llevó al Museo Nacional. La última exposición de Eleonor. Los rumores eran ciertos. Cada pintura parecía respirar. Mirarte. Leer algo que no querías mostrar.
En algún punto me sentí observado. No por las personas. Por algo más.
Si el mundo supiera que Eleonor es una telépata poderosa, no sé qué sentirían. Admiración. Miedo. Tal vez ambas. Yo solo siento desconfianza. Más aún al saber que perteneció al culto de Amalek. Aunque haya sido víctima. Aunque haya escapado. Hay algo en ella —una grieta, una sombra— que no me permite confiar.
No del todo.
Karl Mendel - 21 de abril de 2036
Eleonor debía actuar de inmediato. A pesar de lo ocurrido con Amalek, la paranoia provocada por la constante vigilancia de los pensamientos no había logrado generar fracturas visibles en la relación entre Ana y Karl. Ambos intentaban recuperar el tiempo perdido tras la separación y la desaparición de Karl; se aferraban el uno al otro con una urgencia casi desesperada. Si continuaban así, inevitablemente llegarían al fondo del asunto y arruinarían no solo los planes de Mara, sino también los suyos propios.
Mara le había prometido que, si conseguían que Ana ejecutara el reinicio, podrían crear una nueva realidad: un mundo sin enfermedad, sin guerra, sin muerte. Felicidad perpetua. Inmortalidad. Sin embargo, ese poder era demasiado grande para Ana. No resistiría la carga de energía necesaria para llevarlo a cabo. Por eso necesitaban la armadura de Cronos, un conducto capaz de canalizar la fuerza del reinicio sin poner en riesgo su vida.
Pero Ana, sin saberlo, había saboteado el motor y otras piezas clave durante sus combates en las fábricas secretas. Necesitaban tiempo. Y el rastro de Mara era demasiado evidente; en cualquier momento podrían hallarla y confrontarla.
Aun así, Eleonor sabía que la unión entre Ana y Karl no era tan sólida como parecía. El enfrentamiento con Amalek había revelado fisuras sutiles, casi imperceptibles. Aquello que Ana había callado —ese silencio preciso, incómodo— sería la clave para ejecutar su plan y otorgarle a Mara el tiempo que necesitaba para reparar la máquina.
Ana estaba sola en la terraza interior de la mansión Horologium.Las luces cronales se deslizaban como luciérnagas atrapadas en bucles suaves, repitiendo trayectorias que nadie había diseñado del todo. Tenía los brazos apoyados en la baranda y la mirada fija en el vacío, donde el tiempo parecía más honesto que las personas.
No oyó los
pasos de Eleonor.
—Siempre
eliges los lugares altos cuando necesitas pensar —dijo, con una voz tranquila,
casi íntima.
Ana apenas
se sobresaltó.
—Aquí el
ruido baja —respondió—. Y las preguntas también.
Eleonor se
colocó a su lado, guardando una distancia medida, respetuosa.
—Te vi ese día —continuó—. En la reunión. Querías decir algo… y no lo hiciste.
Ana soltó el
aire lentamente, como si ese gesto le costara más de lo normal.
—Dijo que yo
le guardo resentimiento a mi padre por haberme abandonado —murmuró—. Pero eso
no es cierto. No quiero creerlo.
Eleonor
ladeó apenas la cabeza.
—¿Estás
segura? —preguntó, sin juicio, sin dureza.
—¡Lo estoy!
—respondió Ana, con más fuerza de la que pretendía—. No lo entendía hasta que
supe que mi mamá le había borrado la memoria. No vino a buscarme porque estaba
cautivo mentalmente. Por eso creé el memoria regenerita… porque lo necesito.
Porque yo sola no tengo lo que se necesita para salvar a mamá.
Eleonor la
observó con atención, como quien evalúa una grieta en una estructura compleja.
—¿Confías en
él? —preguntó entonces.
Ana asintió,
sin dudar.
Eleonor
guardó silencio unos segundos. Los suficientes para que no pareciera un ataque.
—Nunca
estuve de acuerdo con que lo involucraras —dijo al fin—. No porque no lo ames…
sino porque ya te falló una vez.
Ana no respondió.
—Entiendo
que quieras creer que esta vez será distinto —prosiguió Eleonor—. Que podrá
convencer a Mara de desistir. Pero dime algo, Ana… —hizo una pausa mínima— ¿qué
hará si no puede?
Ana frunció
el ceño.
—¿Y si
vuelve a huir cuando la situación lo abrume? —añadió—. ¿Si decide que perderte
otra vez es un daño aceptable comparado con enfrentarse a ella?
El silencio
cayó entre ambas, pesado.
—Si yo fuera
tú —continuó Eleonor con suavidad— no tendría una fe tan ciega en alguien que
ya eligió ausentarse cuando más lo necesitabas.
Se giró
apenas hacia la terraza.
—Además
—dijo, casi como un pensamiento en voz alta— tu madre está perdida. Y cuando
algo está perdido… a veces debe ser destruido.
Se detuvo un
instante.
—A menos,
claro —añadió— que tú demuestres lo contrario.
Eleonor se
marchó sin mirar atrás.
No necesitaba hacerlo.
La duda ya
estaba sembrada, alimentada por la herida que Amalek había abierto… y que
ahora, con paciencia, empezaba a sangrar de nuevo.
Era de noche, el insomnio lo hacia más suceptible.
Karl Mendel encontró a Eleonor sola en la sala de mapas de la mansión
Horologium. Las proyecciones temporales flotaban suspendidas en el aire,
inmóviles, como si el tiempo mismo hubiera decidido escuchar.
Ella no se volvió cuando él entró.
—No puede dormir —dijo Eleonor con suavidad.
Karl se detuvo.
—¿Es tan evidente?
—Lo es cuando alguien carga más de lo que admite.
Karl soltó una breve risa sin humor y se acercó a la mesa central.
Observó las líneas de tiempo fracturadas, los puntos de conflicto marcados en
rojo.
—Ana tampoco duerme —dijo—. Finge que sí, pero lo noto. Siempre lo noto.
Eleonor asintió lentamente, como si esa confirmación le doliera.
—Es fuerte —dijo—. Mucho más de lo que cree.
Karl la miró, sorprendido.
—Y aun así… —Eleonor dudó, eligiendo cada palabra—. Hay heridas que la fuerza no cubre.
Karl frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
Eleonor giró por fin. Su expresión no era severa, sino cansada. Humana.
—A lo que Amalek vio —respondió—. Y a lo que usted ve, aunque no quiera nombrarlo.
El silencio se tensó.
—No debió decirle eso —murmuró Karl—. Fue cruel.
—Lo fue —concedió Eleonor—. Pero no fue al azar.
Karl alzó la vista.
—¿Cómo puede saberlo?
Eleonor caminó despacio alrededor de la mesa, sin invadir su espacio.
—Las entidades como Amalek no atacan lo que no existe —dijo—. Buscan
fisuras reales. Emociones sin resolver.
Karl tragó saliva.
—Ana ha pasado por demasiado.
—Y aun así sigue avanzando —añadió Eleonor—. Eso es admirable… pero
también peligroso.
Karl la observó con atención.
—¿Peligroso?
Eleonor apoyó las manos sobre la mesa.
—Cuando alguien herido se obliga a ser invencible —dijo con calma—, no
se rompe hacia afuera. Se quiebra hacia adentro.
Karl recordó el temblor en las manos de Ana. La mirada fija. El sarcasmo
afilado.
—Ella no es imprudente —dijo, más defensivo de lo que pretendía.
—No —respondió Eleonor de inmediato—. No lo es.
(Pausa.)
—Pero usted sabe que últimamente asume
riesgos que antes no tomaba.
Karl abrió la boca para negarlo… y no pudo.
Eleonor no sonrió. No insistió.
—No se lo digo como líder —continuó—. Se lo digo como alguien que ha
visto esto antes.
Karl la miró con interés.
—¿En quién?
Eleonor bajó la mirada.
—En mí.
El silencio se volvió denso.
—Yo también creí que podía sostenerlo todo —dijo ella—. Que si seguía
avanzando, el dolor quedaría atrás. No fue así.
Karl sintió un nudo en el pecho.
—No quiero fallarle —dijo en voz baja—. Ya lo hice una vez.
Eleonor levantó la vista con suavidad.
—Lo sé.
No preguntó. No juzgó.
—Y por eso —continuó—, ahora quiere protegerla de todo. Incluso de sí
misma.
Karl apretó los puños.
—Es mi hija.
—Lo sé —repitió Eleonor—.
(Pausa.)
—Pero a veces proteger no significa acompañar cada paso. A veces significa detener.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—¿Detenerla? —repitió Karl.
Eleonor negó lentamente.
—No frenarla… —corrigió—. Contenerla.
Quitarle peso cuando el peso es demasiado.
Karl miró hacia la ventana, no tenía la fuerza para refutar las palabras de Eleonor.
—Esa emocionalidad puede ser una piedra de tropiezo, hay mucho en juego y su esposa,junto con Amalek,aprovecharan la oportunidad y todo se habrá perdido — Explicó Eleonor.
—Ella insistirá en ir —dijo—. No me escuchará.
—Tal vez no ahora —respondió Eleonor—. Amalek ya ha sembrado dudas en
ella. No sería prudente exponerla mientras esté emocionalmente vulnerable.
Karl asintió sin darse cuenta.
—Podría… —dijo—. Podría asumir el liderazgo táctico por un tiempo.
Eleonor no respondió de inmediato.
—Si decide hacerlo —dijo al fin—, debe ser por amor, no por miedo.
Karl cerró los ojos.
—Siempre es difícil distinguirlos.
Eleonor se acercó un paso.
—Por eso no lo juzgo —dijo—. Es un buen padre, Karl. Incluso cuando
duda.
Él abrió los ojos. Algo en su expresión se suavizó.
—Gracias.
Eleonor inclinó levemente la cabeza.
—Descanse —añadió—. Mañana necesitaremos mentes claras.
Karl salió de la sala convencido de una cosa:
Que
debía proteger a Ana, incluso de las decisiones que ella aún no podía tomar.
Eleonor esperó a que la puerta se cerrara.
Las proyecciones temporales volvieron a activarse, ondulando apenas.
Por un instante, su reflejo en el cristal no parpadeó.
En los días siguientes, la armonía comenzó a resquebrajarse. Karl intentaba pasar tiempo con Ana, pero resultaba demasiado evidente que ella lo evitaba. Cuando coincidían, las conversaciones se volvían incómodas, cargadas de silencios y reproches no dichos. Karl contradecía las estrategias de Ana, acusándolas de ser movimientos imprudentes; no lo hacía con crueldad, pero sí con una frialdad que hería.
Sin querer —o quizá sin poder evitarlo— Ana dejaba escapar comentarios relacionados con el abandono de Karl. Apenas las palabras abandonaban su boca, recapacitaba e intentaba disculparse, pero ya era tarde: lo dicho no podía retirarse, y el daño quedaba hecho.
Fue entonces cuando Tristan comenzó a aparecer con más frecuencia. No intervenía directamente en las discusiones ni tomaba partido, pero su sola presencia alteraba el equilibrio. Escuchaba en silencio, observaba con atención excesiva, como si leyera las grietas invisibles entre ambos. A diferencia de los demás, no intentaba forzar la reconciliación ni alimentar el conflicto; simplemente permanecía allí, recordándoles —sin palabras— que algo se estaba rompiendo.
Eleonor lo notó demasiado tarde. Tristan no encajaba en sus cálculos. No reaccionaba como debía, no seguía los patrones esperados. Donde ella sembraba discordia, él parecía comprender el origen del dolor. Y esa comprensión, silenciosa y persistente, amenazaba con deshacer el trabajo que tanto le había costado tejer.
Tristan revisaba los registros de la última incursión cuando notó la
discrepancia.
Al principio creyó que era cansancio. Llevaban días sin descanso real, y
los conflictos personales no ayudaban a la concentración. Aun así, volvió a leer el
informe.
—Esto no tiene sentido… —murmuró.
La sala de análisis estaba casi vacía. Solo el zumbido bajo de los
servidores cronales y la luz azulada proyectándose sobre los paneles flotantes.
—¿Qué cosa no tiene sentido?
Eleonor estaba en la entrada. Tristan no la oyó llegar.
—El punto de fractura en el hospital —respondió él sin mirarla—. Ana
detuvo el tiempo antes de crear la barrera, ¿cierto?
—Así lo informó —dijo Eleonor con naturalidad.
Tristan asintió.
—Entonces los daños deberían seguir este patrón —señaló—. Microfracturas
dispersas. Pero hay una concentración aquí.
Amplió la imagen. Una grieta clara, definida.
Eleonor se acercó.
—El estrés del combate —dijo—. Las entidades energéticas no siempre
siguen modelos predecibles.
—No —respondió Tristan—. Pero Ana sí.
Eleonor guardó silencio.
—Cuando Ana crea una barrera bajo detención temporal —continuó—, el
primer impacto siempre queda amortiguado. Es un reflejo. Automático.
Eleonor ladeó la cabeza.
—¿Y esta vez no lo fue?
—No —dijo Tristan—. Esta marca indica que algo atravesó la barrera antes de que se
estabilizara.
Eleonor frunció ligeramente el ceño.
—Amalek es poderoso —dijo—. Tal vez anticipó el movimiento.
Tristan la miró por fin.
—Eso implicaría que sabía exactamente cuándo
Ana iba a levantar la barrera.
Eleonor sostuvo la mirada.
—Observación —respondió—. Experiencia.
Tristan no dijo nada, pero algo se tensó en su expresión.
—Hay otra cosa —añadió—. Durante el enfrentamiento, Ana reportó que
Amalek mencionó la separación de sus padres.
—Sí —dijo Eleonor—. Fue cruel.
—Lo fue —concedió Tristan—. Pero también… específico.
Eleonor cruzó los brazos.
—Las entidades mentales suelen hurgar en recuerdos colectivos.
—En recuerdos colectivos, sí —dijo Tristan—. Pero no en detalles que solo se dijeron después.
El silencio cayó con peso.
—¿Después de qué? —preguntó Eleonor.
Tristan revisó otro archivo.
—La separación de Karl y Mara nunca fue pública. Ni siquiera dentro de
la resistencia.
(Pausa.)
—Ana no habló de eso hasta mucho
después del ataque del hospital.
Eleonor parpadeó.
Solo una vez.
—Tal vez lo percibió en ellos —dijo—. El lenguaje corporal, las
emociones residuales…
—Tal vez —respondió Tristan—.
(Pausa.)
—Pero entonces hay algo que no encaja.
Eleonor esperó.
—Amalek habló como alguien que no
estaba interpretando —continuó Tristan—. Habló como alguien que
recordaba.
Eleonor sonrió con cansancio.
—Estás buscando patrones donde no los hay.
—Eso hago siempre —respondió Tristan—. Es lo que me mantiene vivo.
Se produjo un silencio incómodo.
—Dime algo, Eleonor —dijo al fin—.
(Pausa.)
—¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste a Ana mencionar a su padre como
“ausente”?
Eleonor respondió sin pensar.
—Después de la misión en Recife.
Tristan bajó lentamente la mirada al registro.
—No —dijo—. Fue después del hospital.
Eleonor no se movió.
No corrigió.
No explicó.
Eleonor se dio la vuelta.
—Descansa —dijo—. Estás agotado.
Cuando salió de la sala, Tristan permaneció inmóvil.
Revisó nuevamente el registro.
Luego abrió un archivo antiguo. Uno que casi nadie consultaba.
Un informe sellado.
Primer contacto: Eleonor Collins — Experimento Amalek.
Tristan no lo abrió.
Aún.
Pero por primera vez desde el inicio de la guerra, pensó algo que nunca
se había permitido:
¿Y
si Amalek no está afuera… sino sentada a nuestra mesa?
En el pasillo, lejos de allí, Eleonor caminó con paso firme.
Por primera vez, su reflejo en una superficie de metal no coincidió exactamente con su movimiento.
El error había sido mínimo.
Pero irreversible.



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