Capítulo 6
Nuestro lugar especial
No sé qué hacer.
Ana se aleja. Cada día un poco más.
Y no puedo culparla. Tiene razones. Demasiadas. Razones sólidas, afiladas, imposibles de esquivar. No tengo el valor para enfrentarla. Ni siquiera para mirarla demasiado tiempo. Ensayo conversaciones que nunca ocurren. Palabras que se disuelven antes de existir. En cada escenario fracaso. En todos.
Karl buscó a Ana por toda la mansión, pero Eleonor se interpuso en su camino. Le dijo que tenía una lección de memorimancia urgente, imposible de posponer.
En la dimensión de los recuerdos, Eleonor estaba a punto de iniciar la lección cuando recibió un golpe directo de Amalek. La distorsión fue inmediata. Karl, que acababa de manifestarse en el plano, quedó paralizado al verlo. Amalek lo atacó sin vacilar.
Eleonor respondió al instante, devolviéndole el golpe.
—¡Debemos salir de aquí, Mendel! —exclamó.
Despertaron bruscamente en el mundo real.
Fue un grito.
Las luces cronales se tornaron rojas al mismo tiempo que el espacio parecía plegarse sobre sí mismo. En los corredores inferiores, el aire se fragmentó como un espejo sometido a presión.
—¡Invasión interna! —gritó una voz por los comunicadores—. ¡No hay lectura de portales!
Karl y Eleonor se pusieron en marcha de inmediato, buscando a Ana y a Tristan.
En el ala central, el general Tristan combatía contra varias entidades que habían adoptado la figura de Amalek.
Figuras humanoides idénticas en silueta, pero inestables, como si cada una fuera una interpretación distinta de la misma idea. Algunas caminaban. Otras se deslizaban. Otras parecían recordarse a sí mismas mientras avanzaban.
Tristan invocó varias espadas, de distintos tamaños y formas, y las lanzó contra los enemigos. Ninguna les causó daño.
A lo lejos, se escuchó la voz de Ana.
—¡Amalek! —gritó.
Las unidades se multiplicaban al contacto con el miedo. Cada soldado que dudaba, cada pensamiento de pánico, generaba una réplica más.
—¡No son copias! —gritó Tristan—. ¡Son proyecciones sincronizadas! ¡Está usando la mansión como amplificador mental!
Ana levantó una barrera cuando una de las entidades se lanzó hacia ella.
Ana cayó de rodillas, jadeando. Recuerdos ajenos le estallaron en el cráneo: voces, culpas, rezos antiguos.
—¡Ana! —gritó Karl.
El verdadero Amalek se abalanzó sobre ella, pero fue detenido por dos armaduras.
Paladines. Cronomantes de élite. O, más precisamente, sus armaduras.
Tras el incidente con el Astralord, Ana había encontrado restos de antiguas armaduras. Durante el año en que desarrolló la memoria regenerita, también trabajó en crear estas armaduras vivientes, diseñadas para activarse en caso de una emergencia extrema.
Amalek bloqueó los golpes de espada con sus serpientes y, tras medir a sus oponentes, huyó de los autómatas.
Karl corrió hacia Ana.
Ella se levantó de inmediato.
—Estoy bien —mintió—. No son físicas… son conceptuales.
—Entonces no están aquí para matarnos —dijo Tristan, observando cómo otra unidad ignoraba por completo a Eleonor—. Están aquí para…
No terminó la frase.
Un grupo de soldados quedó atrapado en un bucle de repetición: disparaban, gritaban, morían… y volvían a disparar.
Ana cerró los ojos y expandió su campo temporal.
—¡Todos los que no puedan mantener el foco emocional, retrocedan! —ordenó Eleonor—. ¡Ahora!
Muchos no lo lograron.
Las entidades se replegaban y expandían como un enjambre pensante, concentrándose únicamente donde había resistencia emocional desorganizada.
Y entonces, tan abruptamente como había comenzado…
Se detuvo.
Las proyecciones se disolvieron una a una, como ideas abandonadas.
El silencio que quedó fue espeso. Irreal.
Cuerpos en el suelo. Equipos destruidos. Sangre suspendida en campos de detención parcial.
Ana respiraba con dificultad. Karl la sostuvo por los hombros.
—¿Estás herida?
—No —respondió—. Pero esto no fue un ataque.
Tristan observaba los restos energéticos con el ceño fruncido.
—Fue un mensaje.
Eleonor se acercó despacio. Su ropa estaba intacta. Su pulso, perfecto.
—Amalek sabía que lo estábamos rastreando —dijo—. Quiso recordarnos de lo que es capaz.
Tristan la miró fijamente.
—O quiso asegurarse de que dejáramos de hacerlo.
—Acabamos de perder a más de treinta soldados —replicó Eleonor con gravedad—. No es momento para teorías.
Ana miró a su alrededor.
—Nos dejó vivos —dijo—. A todos nosotros.
Karl asintió lentamente.
—Porque somos el centro —añadió—. Y acaba de demostrar que puede alcanzarnos incluso aquí.
Eleonor dio un paso al frente.
—Esto cambia las prioridades. La mansión ya no es segura. El rescate de Mara debe posponerse hasta reorganizar fuerzas.
Ana la miró con dureza.
—Eso es lo que quiere.
—Lo que quiere —respondió Eleonor— es que no cometamos errores impulsivos.
Tristan bajó la mirada hacia los cuerpos.
—Alguien murió para que volviéramos a tener miedo —murmuró.
Eleonor no respondió.
—No nos va a separar —dijo Ana, apretando los puños—. No después de esto.
Eleonor la miró con algo parecido a la ternura.
—Claro que no —dijo—. Ahora más que nunca… debemos permanecer juntos.
Más tarde, en un corredor vacío donde nadie había muerto, Eleonor se detuvo frente a una superficie pulida. Su reflejo tardó una fracción de segundo en imitarla.
—Demasiado cerca —susurró.
El reflejo sonrió.
—Pero efectivo.
Luego, Ana se dirigió directamente a su habitación. Preparó su mochila sin fondo, lanzó una esfera metálica —una puerta dimensional portátil— y la atravesó. En ese instante, Karl Mendel entró en la habitación y, al ver la apertura tempo-espacial, corrió tras ella antes de que se cerrara.
Karl no pensó que volvería a ese lugar después de tanto tiempo.
Los alrededores de la mansión Dirtbound se extendían ante ellos, cerca del viejo columpio donde Karl y Mara solían reunirse en su juventud. El cielo estaba cubierto de nubes, atravesado constantemente por relámpagos.
Ana caminaba delante.
—¡Espera! —exclamó Karl.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
—¡Eso mismo te pregunto!
—Ponerle fin a esto —respondió Ana—. Estoy cansada de esperar, de no poder controlar mis emociones, de vivir con el miedo de que mi mente esté vigilada. Voy a confrontar a mamá y a Amalek.
Se acercó a él.
—Soñé con ella. Me dijo que me esperaba aquí, en la mansión.
Karl quedó en shock.
—Yo tuve el mismo sueño —admitió.
—Quería decírtelo —continuó Ana—, pero no sabía si confiabas en mí. En estos días solo me has cuestionado.
—Quiero confiar —respondió Karl—, pero sé que no me has perdonado del todo.
—No eres tú —dijo Ana—. Es Amalek. Sigo luchando con esos sentimientos. No quiero odiarte. Te necesito. No puedo salvar a mamá sin ti.
Karl dudó.
—Eleonor me dijo que te estaba sobreprotegiendo… que debía detenerte. Que tomarías decisiones imprudentes, como esta. ¿Y si el lugar está custodiado?
Ana rió con arrogancia, pero luego se quedó pensativa.
—¿Eleonor te dijo eso? A mí me dijo que tú me abandonarías otra vez.
El silencio los atravesó.
Ana sacó unos guanteletes de su mochila y se los entregó.
—Son eléctricos. Generan descargas al contacto.
Avanzaron con cautela hacia la mansión. Desde el primer momento notaron que estaba vacía. Demasiado vacía. Recorrieron el corredor hasta llegar a la escalera.
Allí estaba ella. De espaldas.
—Mara… Tamara —dijo Karl—. Necesito hablar contigo.
Mara se giró.
Pero antes de que pudieran ver su rostro, su figura se deformó y adoptó la silueta conocida.
—Ssss… son tan ingenuos —se mofó Amalek.
No fue la aparición de Amalek lo que la quebró.
Fue la facilidad con la que había llegado hasta allí.
Ana sintió cómo cada paso que había dado se reordenaba en su mente, no como recuerdos sueltos, sino como un patrón. Demasiadas coincidencias. Demasiadas palabras oportunas. Eleonor deteniéndola cuando más necesitaba avanzar, Karl llegando siempre un segundo tarde, los sueños compartidos… guiados.
No había sido impulsividad.
Había sido conducción.
Y lo más cruel no era que alguien hubiera manipulado el tiempo, sino que había usado algo mucho más íntimo: su culpa.
Te están vigilando.
Te van a abandonar.
Si no actúas ahora, será demasiado tarde.
No eran pensamientos espontáneos. Eran empujones.
Ana apretó los dientes. Sintió el zumbido del campo temporal en su pecho, desajustado, inestable. Cada emoción intensa hacía vibrar la mansión, como si respondiera a su estado interno.
Me dejé llevar, pensó. No por debilidad, sino por cansancio. Por el agotamiento de sostener siempre el control, de ser la que no duda, la que no se rompe.
Lo entendió entonces: el engaño no había sido crear una mentira, sino hacerle creer que actuar sola era la única salida.
Miró a Amalek, pero ya no lo vio como un enemigo externo. Lo vio como un síntoma. Un eco amplificado de algo que otros habían sembrado antes.
Eleonor.
Mara.
Las promesas de un mundo sin pérdida.
No querían que fallara, comprendió. Querían que eligiera.
Y esa elección tenía un costo preciso.
Ana respiró hondo. El miedo seguía allí, pero ya no la dirigía. Se transformó en una certeza fría, casi dolorosa.
No voy a romperme como esperaban.
Si aquel lugar era un ancla, ella sería la marea.
Si aquel engaño era una red, ella aprendería a sentir cada hilo.
Le habían quitado la inocencia de la decisión.
Pero aún no le habían quitado la voluntad.
Y por primera vez desde que todo había comenzado, Ana dejó de preguntarse qué debía hacer…
y empezó a preguntarse qué estaba dispuesta a sacrificar.


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