Estaban frente a frente con Amalek. La tensión era palpable mientras él avanzaba lentamente hacia Ana y Karl.
Un trueno retumbó fuera de la mansión.
—Sssss… Yo soy Amalek, la serpiente mental —dijo con voz untuosa—. Soy el amo del amor torcido, de la duda y del miedo. Manipulo las emociones y el pensamiento colectivo del universo. No hay rincón de la mente humana que esté a salvo de mí.
De su espalda emergieron cuatro serpientes.
—Si quieren, pueden enfrentarme los dos al mismo tiempo. Para hacerlo más justo.
Ana sacó de su mochila un cetro; en la punta, un reloj antiguo latía con luz propia. Lo empuñó con fuerza.
—Pero no se equivoquen —continuó Amalek—. No habrá un nuevo encuentro. Todo terminará aquí y ahora.
—Lo mismo digo, Amalek —respondió Ana, furiosa—. Haré lo que tenga que hacer para acabar con esto.
Las palabras de Ana despertaron un temor profundo en Karl.
¿Pensaba realmente tomar la vida de Amalek?
El combate comenzó cuando Amalek disparó ráfagas de energía a través de sus serpientes. Ana y Karl se cubrieron tras las columnas. Cuando Amalek se detuvo a recargar, ambos contraatacaron. Mendel comenzó a golpearlo, pero una de las serpientes estuvo a punto de morderlo.
—¡Cuidado, papá! —gritó Ana.
—Sí, doctor Mendel —se burló Amalek—. Una mordida de mis psico-serpientes puede llevar a cualquiera a la locura. Es mortal.
Las serpientes insistían, atacando sin tregua. Ana golpeó una de ellas con el cetro. Al instante, la criatura se petrificó. El peso hizo que Amalek perdiera el equilibrio y la serpiente se desmoronó como arena.
—¡¿Qué hiciste?! —rugió Amalek.
—No es un cetro cualquiera —respondió Ana con confianza—. Lo llamo La Hora Sellada. Puedo sellar cualquier lectura de energía: electromagnética, espiritual y cuántica. Vine preparada después de nuestros últimos encuentros.
Golpeó otra serpiente. El mismo efecto. Luego saltó para alcanzar las restantes, mientras Karl distraía a Amalek para impedirle contraatacar. Sin haber planeado nada, ambos parecían moverse en perfecta sincronía.
Pero Karl lo notó: Ana ya no seguía tácticas. Atacaba guiada por la rabia.
Incluso Amalek comenzó a sentir miedo.
Cuando Ana selló la última serpiente, embistió a Amalek. El suelo se volvió líquido, como agua, y ambos se hundieron. Segundos después, el piso recuperó su forma. Una pared comenzó a ondular; Karl se apartó justo a tiempo cuando Amalek salió disparado contra un ventanal.
Otro trueno sacudió el cielo.
Ana emergió de la pared y se lanzó hacia él con el cetro, pero Amalek la atrapó con la cola y comenzó a estrangularla. En la lucha, Ana soltó el arma.
Karl se paralizó. Se sintió insignificante ante dos colosos capaces de moldear la mente y la realidad. Pero al ver a su hija a merced del monstruo, reaccionó.
No supo cuándo empezó a correr.
Ni cuándo había dado el golpe más fuerte de su vida.
—¡Deja a mi hija en paz! —gritó.
El impacto, acompañado de una descarga eléctrica, lanzó a Amalek al suelo. Soltó a Ana. Karl volvió a golpearlo, rompiendo su máscara. Se detuvo al ver su rostro pálido y el ojo amarillo, serpentino, que lo observaba con odio.
Karl retrocedió y ayudó a Ana a incorporarse. Amalek lanzó energía desde sus manos. Ana reaccionó con rapidez y creó una barrera, pero el rebote alcanzó las cortinas raídas, provocando un incendio.
Amalek huyó.
Ana tomó el cetro y corrió tras él. Karl la siguió.
Bajo la lluvia, Ana lo alcanzó fuera de la mansión. Lo embistió, lo derribó y apoyó el pie sobre su pecho. Del extremo del cetro emergió una hoja afilada.
Estaba a punto de herirlo cuando Karl la detuvo.
—¡Alto!
Ana se contuvo, sin apartar la mirada de Amalek.
—Cuando creé la primera prótesis con tu madre —dijo Karl— me prometí respetar la vida, sin importar quién fuera. Nadie tiene derecho a quitarla.
—¿En un momento así vas a hablarme de tu pasado? —replicó Ana, sin retirar el pie.
—Escúchame. Tengo miedo. Como lo tuve cuando naciste. Nunca conocí a mis padres. Creé mi identidad desde cero. Sabía muchas cosas… menos cómo ser padre. Con tu madre hicimos lo mejor que pudimos. Y valió la pena. Siempre estuve orgulloso de ti.
Karl lloró. Ana resistió.
—¿Por qué no me buscaste? —reclamó—. Te alejaste de mí. De mamá.
—Porque tenía miedo. Sentía que no era digno de ti. Te admiro más de lo que imaginas. No quiero perderte otra vez.
—¡Estoy aquí! —respondió Ana.
—Confío en ti —dijo Karl—. Creo en ti. Es tu decisión. Eres mejor que esto. Si cruzas ese límite, te perderé para siempre. Podría detenerte… pero confío en que elegirás bien. Porque eres mi princesa. Mi flor del universo.
Ana titubeó. Luego guardó el cetro y abrazó a su padre.
Amalek se levantó y huyó hacia el bosque. Lo persiguieron hasta un acantilado. Abajo, el río crecido rugía.
—Debiste matarme —escupió Amalek.
—Soy mejor que tú —respondió Ana—. Perdiste.
El suelo cedió. Amalek cayó. Ana intentó sujetarlo, pero no lo logró.
Rompió en llanto. Karl la abrazó.
—No fue tu culpa.
Más tarde, frente a la mansión en llamas, Karl sintió su corazón romperse. El lugar que había sido su hogar durante la guerra, donde vivió tantos momentos con Mara era ahora ceniza.
Tristan y los soldados llegaron.
—¿Están bien?
—Amalek no volverá —dijo Karl.
—Solo encontramos su casco —informó Tristan más tarde—. Pero no bajemos la guardia.
Ana apoyó la mano en el hombro de su padre. Karl sonrió. Había perdido una mansión… pero había recuperado a su hija.
Lejos de allí, Mara observaba los restos humeantes. Lloró. Entonces escuchó una voz.
—No debí subestimarlos.
Era Eleonor, quitándose los restos de la armadura de Amalek.
—Tu esposo me golpeó fuerte —añadió—. Y tu hija selló parte de mis poderes. Hasta ahora puedo usarlos.
Mara la atacó, pero Eleonor la detuvo con una onda psíquica.
—Un pensamiento mío y destruyo tu mente.
Mara cayó de rodillas.
—No debí confiar en ti…
—Como sea —dijo Eleonor—. Te di más tiempo.
Se marchó.
Mara tomó un fragmento del muro calcinado y lo presionó contra su pecho. Los recuerdos la inundaron. Temió que la destrucción de la mansión fuera un presagio: que el vínculo con Karl también estuviera condenado a hacerse añicos.
Mara no se permitió llorar de inmediato.
Permaneció de pie frente a las ruinas humeantes de la mansión, observando cómo el fuego consumía los últimos vestigios de lo que alguna vez fue un hogar. El olor a ceniza le resultaba insoportablemente familiar. No por el incendio, sino por lo que representaba: decisiones tomadas demasiado tarde.
Era necesario, se repitió.
Todo esto era necesario.
Eleonor se había marchado, y con ella la falsa sensación de control. Sin embargo, el eco de sus palabras seguía vibrando en su mente como una herida abierta. Te di más tiempo. Como si el tiempo fuera un regalo, y no una condena aplazada.
Mara apretó los puños. Había aceptado ayuda porque creyó que podía manejarla. Porque se dijo que el fin —un mundo sin muerte, sin pérdida— justificaba cualquier concesión. Incluso permitir que alguien como Eleonor se acercara demasiado a su familia.
Ahí fue donde algo se quebró.
No cuando la mansión cayó.
No cuando Karl volvió a aparecer.
Sino cuando comprendió que Ana había estado a punto de convertirse en el sacrificio silencioso de una promesa que ella misma había aceptado.
Mara sintió un vacío helado en el pecho.
La empujé hasta ahí, pensó. No con palabras, no con órdenes, sino con ausencias, secretos y silencios cuidadosamente elegidos. Creyó que protegerla era ocultarle la verdad. Creyó que cargar sola con el peso la hacía fuerte.
Se había equivocado.
Por primera vez desde que inició el proyecto, Mara no pensó en la máquina, ni en el reinicio, ni en la nueva realidad prometida. Pensó en Karl. En cómo había perdido ese lugar dos veces. Y en Ana, obligada a elegir entre matar o perder.
Mara cerró los ojos.
Si el tiempo podía reiniciarse, también podía romperse.
Y esta vez, no era el universo lo que estaba en peligro…
era su derecho a llamarse madre.
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No fue una pesadilla lo que despertó a Ana.
Fue el silencio.
Un silencio demasiado exacto, sin vibraciones temporales, sin el murmullo residual que siempre acompañaba sus pensamientos. Abrió los ojos en la enfermería de la mansión Horologium y, por un instante, no supo quién era ni dónde terminaba su cuerpo.
Luego regresó todo.
Demasiado rápido.
El acantilado.
El peso del cetro en su mano.
La facilidad con la que había imaginado el golpe final.
Ana se incorporó bruscamente y el mundo respondió con un leve desfase. Las paredes tardaron una fracción de segundo en alinearse. Nadie más lo notó. Ella sí.
Eso no pasaba antes.
Cerró los ojos y respiró hondo, intentando estabilizar su campo interno. La técnica era automática, casi reflejo. Pero algo se resistía. No el poder, sino la intención detrás de él.
Cuando pensaba en Amalek cayendo, no sentía alivio.
Sentía… vacío.
No culpa. Todavía no.
Vacío.
Como si una parte de ella hubiera estado lista para desaparecer con él.
Ana llevó una mano al pecho. El ritmo de su corazón era regular, pero cada latido le devolvía la misma pregunta, insistente, corrosiva:
¿Qué habría pasado si papá no me detenía?
No vio un futuro catastrófico.
Vio algo peor.
Se vio a sí misma continuando.
Cumpliendo misiones. Tomando decisiones “necesarias”. Convenciéndose de que la línea ya había sido cruzada, así que daba igual avanzar un poco más.
El pensamiento la estremeció.
Por primera vez desde que despertó sus habilidades, Ana no tuvo miedo de perder el control.
Tuvo miedo de no querer recuperarlo.
Se levantó y caminó hacia el espejo metálico del fondo de la sala. Su reflejo estaba ahí… pero no del todo. Tardaba en imitar sus microexpresiones, como si evaluara cada gesto antes de copiarlo.
—No —susurró—. Eso no soy yo.
El reflejo obedeció. Esta vez, sin retraso.
Ana entendió entonces la verdadera consecuencia de haber estado tan cerca del límite: no era el trauma, ni la culpa, ni siquiera el recuerdo del combate.
Era la conciencia clara de que podía hacerlo.
De que la violencia no la había destruido…
le había respondido.
Y esa respuesta, silenciosa y eficiente, era algo que tendría que aprender a cargar sin dejar que la definiera.
Cuando Karl entró en la sala, Ana ya estaba sentada, con las manos firmes sobre las rodillas, respirando con cuidado.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Ana levantó la vista y asintió.
—Sí —dijo.
No era una mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.


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