martes, 13 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 8

 

Capítulo 8 

Anaverso






Había que avanzar.

La mansión Dirtbound había sido reducida a cenizas; aun así, nadie podrá arrebatarme los recuerdos. Son lo único que permanece intacto, mi verdadero motivo para seguir luchando: mi familia. Por un momento temí que mi hija se perdiera, que cayera en un abismo sin fondo durante la batalla contra Amalek. Pero decidí confiar. Ella comprendió el horror de la violencia y de la venganza antes de que fuera demasiado tarde.

Tomó días para que se recuperara del impacto. Cuando menos lo esperaba, su ánimo regresó. Anhelaba volver a ver su sonrisa, escuchar sus malos chistes y verla reírse de ellos, como si nada pudiera quebrarla del todo.

Evité tocar el tema de lo sucedido, salvo una vez, cuando ella misma rompió el silencio y me dijo:

—Si alguna vez cruzo esa línea, no será porque el mundo me empujó… será porque dejé de escuchar a quienes amo.

Volvimos a la rutina. Yo atendía a los clientes; Ana organizaba todo con una naturalidad que me desconcertaba. Habíamos logrado pequeños avances con recuerdos clave para encontrar a Mara. Eleonor, en cambio, se ausentó algunos días y luego regresó distinta: los entrenamientos de memorimancia se volvieron más agresivos. Estaba de mal humor, peor de lo habitual, y no supe por qué.

En los momentos libres, Ana me pedía que la acompañara. Terminábamos viajando a otros universos. Si antes creía no saber nada, esos viajes me demostraron que mi conocimiento era mínimo, casi inexistente.

Cada universo obedecía reglas distintas. En uno nos convertimos en peluches; en otro, éramos dibujos animados. Me hizo reír verla convencida de que podría cantar como las princesas que admiraba cuando era niña, solo para terminar disgustada al descubrir que su voz no era lo suficientemente afinada.

Al regresar, ya solo en mi cuarto, pensé en Mara. Recordé sus sueños durante la infancia de Ana. Veía distintas versiones de nuestra hija. Las anotaba en un cuaderno y las interpretaba como líneas temporales divergentes. Cada sueño era una variante: algunas luminosas, otras terriblemente oscuras. Lo que mi esposa temía era que, sin una guía adecuada, Ana eligiera un camino siniestro y se transformara en algo peligroso.

Me avergüenza no haberla escuchado. Creí que todo aquello —hablar de controlar el tiempo— era producto del estrés y del insomnio. Incluso pensé en usar el casco para borrar esos pensamientos. Qué ironía que fuera ella quien lo usara conmigo, dejándome sin recuerdos.

Ahora me pregunto si algún día nos enfrentaremos a una de esas variantes. Si tendremos que hacer frente a una emperatriz… o a algo que supere incluso los poderes de mi hija.

Lo que no sospechaba es que esa pregunta sería respondida mucho antes de lo que jamás imaginé.

Karl Mendel,10 de mayo de 2036.

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Ana tuvo un sueño.

En él, era un águila dorada. Y, para su sorpresa, pudo atravesar la atmósfera sin esfuerzo alguno. No había límites en sus alas. Cuando menos lo pensó, volaba entre galaxias: el oxígeno no era un problema, las leyes de la física se anulaban a su paso.

Entonces se cruzó con un águila púrpura.

Sin advertencia, comenzaron a luchar. El batir de sus alas estremeció las galaxias circundantes. Ambas poseían el mismo poder; ninguna cedía, ninguna ofrecía tregua. Fue entonces cuando apareció un dragón oscuro, deslizándose por la penumbra del espacio, casi invisible. El dragón las atacó.

Las dos águilas, sin necesidad de palabras, unieron fuerzas para enfrentar al siniestro ser.

Ana despertó.

Durante el día meditó sobre el significado del sueño. No tenía sentido. O al menos, eso quiso creer.

La noche siguiente volvió a soñar.

Esta vez se encontraba en un lugar cubierto por agua. Podía caminar sobre ella. No había horizonte, ni puntos de referencia: solo infinitud. De pronto, miró hacia abajo. En el fondo vio a una persona encerrada en una burbuja.

La burbuja emergió con una velocidad brutal.

Ana retrocedió y cayó hacia atrás. Frente a ella, la burbuja se detuvo. Se quebró como cristal, y de su interior surgió una mujer idéntica a ella: cabello blanco plateado, ojos azules, una capa que parecía encerrar galaxias, una armadura rosada y púrpura con bordes dorados.

Ana se puso de pie.

—No puedo creerlo —susurró.

Luego, como si el nombre le ardiera en la lengua, exclamó:

—La emperatriz.

Intentó arrodillarse, pero la mujer alzó la mano. El agua bajo sus pies se aquietó al instante.

—No —dijo—. No ante mí.

Ana la observó con detenimiento. Era como mirarse en un espejo que recordaba el futuro.

—Eres igual a mí… —murmuró.

La emperatriz sonrió, apenas.

—No —corrigió—. Tú eres lo que queda de mí antes de aprender a perder cosas.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué está sucediendo?

La emperatriz caminó sobre el agua. Cada paso dejaba breves constelaciones que se apagaban al instante.

—He pronunciado tu nombre en mundos donde ya no existe el lenguaje —dijo—. He esperado en realidades donde el tiempo se desangra lento. Pensé que nunca tendría que venir a ti… pero el tejido se ha abierto.

Ana sintió un peso en el pecho.

—¿El tejido?

—La suma de todas las decisiones que aún no tomas —respondió—. Algo fue liberado. No nació. No fue creado. Estaba esperando. Y ahora borra universos como si fueran errores de cálculo.

Ana tragó saliva.

—¿Por qué yo?

La emperatriz se detuvo frente a ella.

—Porque aún dudas —dijo—. Porque no has aprendido a justificarte. Porque todavía te duele hacer daño, incluso cuando sabes que podrías hacerlo.

Alzó el rostro, y sus ojos azules parecieron contener cielos en colapso.

—Si fueras disciplinada, si no temieras usar todo tu poder, ya me habrías encontrado sin ayuda. Pero esa es precisamente la razón por la que sigues siendo necesaria.

El agua comenzó a vibrar.

—Los mundos infinitos están gritando —continuó—. Y tú los escuchas, aunque finjas que no.

La figura de la emperatriz comenzó a fragmentarse.

—No puedo quedarme. Hay fuerzas que no deben saber que aún existes.

—¡Espera! —gritó Ana—. ¿Qué se supone que haga?

La emperatriz la miró por última vez.

—Cuando llegue el momento, no elijas lo correcto —susurró—. Elige lo que no te permita convertirte en mí.

El plano onírico se quebró.

No podía creerlo. El sueño había sido veraz. La idea era inconcebible: la emperatriz era igual a ella.

Durante el día estuvo inquieta. El recuerdo no la soltaba.

Esa noche le dijo a Karl que tomaría una ducha. Karl estaba concentrado leyendo las notas de Mara, aquellas que Ana había recuperado tiempo atrás y que él nunca se había atrevido a leer.

Entonces escuchó un grito.

Era Ana.

Karl corrió al baño sin pensarlo, pero fue recibido por el chorro violento de la manguera.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Ana.

—¡¿Qué sucedió?! —respondió Karl, cubriéndose como pudo.

Cuando recuperó la visión, Ana ya se había cubierto con una toalla. Frente a él había un hombre de barba y cabello largo. Vestía una camisa amarilla, pantalones ocre grisáceos, botas café y una boina color mostaza. Usaba lentes muy similares a los de Ana. Eran, inquietantemente, los mismos colores que ella solía vestir.

Más tarde, el hombre despertó atado a una silla. Frente a él estaban Karl y Tristan. Detrás, Ana, ya vestida, intentando ocultar la vergüenza persistente de la escena anterior.

—¿Quién es usted? —preguntó Tristan.

El hombre, aún adolorido, respondió:

—Mi nombre es Arfaxad. Pero en los mundos infinitos me conocen como Afa.

Karl y Tristan intercambiaron una mirada de desconcierto.

Antes de que pudieran preguntar algo más, Ana se adelantó.

—¿Quién te dio el derecho de entrar a espiarme? —preguntó, aún apenada y furiosa.

—¡No vi nada! —se defendió—. Mi cabeza todavía da vueltas. Apenas logré escapar de ese monstruo. Cuando caí, estaba cegado. El golpe me dejó inconsciente. No fue mi intención asustarte, Ana.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó ella.

Afa respiró hondo.

—Como dije, mi nombre clave es Afa. Soy una variante tuya. Mi padre… Karl… me dijo que te buscara a ti. A la original. A la única que tiene la posibilidad de enfrentar a la bestia que borra mundos enteros.

Hizo una pausa.

—Jagannath.

El silencio se apoderó de la habitación.

Afa continuó, con la mirada fija en un punto invisible, como si aún pudiera ver aquello que había dejado atrás.

—Todo ocurrió después de la gran catástrofe. Mi madre… Tamara… fue quien abrió la brecha. Creyó que el intercambio con otros universos sería el puente hacia un futuro mejor. Pero la apertura era inestable. El espacio comenzó a colapsar sobre sí mismo y, por poco, todo el país fue devorado por un agujero negro.

Hizo una pausa. Tragar aquellas palabras parecía costarle más que decirlas.

—Junto con mis padres buscamos una solución, pero el tiempo se agotaba. Mi madre hizo lo que creyó correcto… y se sacrificó para cerrar la brecha.

El silencio que siguió fue denso.

—Días después —continuó—, comenzamos a investigar el multiverso, convencidos de que allí encontraríamos respuestas. Fue entonces cuando apareció Jagannath. Según la computadora, proviene de los mundos oscuros. Su forma es… indescriptible. Demasiado compleja para una mente humana primitiva. Solo se distinguen tentáculos cubiertos de agujas. Todo lo que toca se desintegra, se vuelve polvo cósmico.

Respiró hondo.

—Mi padre me entregó una esfera con coordenadas. El suelo ya estaba desapareciendo. Jagannath me alcanzó… y activé la esfera en el aire. Eso fue lo último que recuerdo antes de llegar aquí.

—Esto es grave… —murmuró Tristan—. Ese ser es prácticamente intocable. ¿Cómo se derrota algo así?

Nadie respondió de inmediato.

Entonces, los ojos de Ana se iluminaron.

—Lo tengo —exclamó—. Mi cetro. La Hora Sellada. Con él pude sellar las serpientes de Amalek. Tal vez funcione con Jagannath… aunque su efecto solo dura una hora.

—Podría ser suficiente —respondió Tristan—. El tiempo necesario para volver a encerrarlo en su mundo. Tal vez el Ministerio del Tiempo tenga la respuesta.

—Entonces vamos al Ministerio —dijo Karl sin dudar.

—Irè con ustedes —añadió Afa, con determinación.

Tristan negó con la cabeza.

—Me gustaría acompañarlos, pero alguien debe proteger la mansión. Eleonor y yo nos quedaremos. Ana, doctor Mendel… sugiero que lleven a los paladines autómatas. Fueron clave durante la invasión de Amalek. Tengo un mal presentimiento.

—Me parece bien —respondió Ana—. Así también podré probar su eficacia.

Poco después, Ana, Karl, Afa y los paladines atravesaron el vitral que conducía al Ministerio del Tiempo.

No estaban preparados para lo que encontraron.

El vestíbulo era un caos. Empleados huían en todas direcciones mientras Meldric combatía contra Flare, Gale y otros dos guerreros desconocidos para Karl.

—¡Quien desafíe a la emperatriz recibirá el máximo castigo! —rugió Gale.

Agitó su lanza y una ráfaga de viento arrojó a Meldric y al grupo de Ana contra el suelo. Los paladines resistieron.

Ana, Karl y Afa se incorporaron y corrieron en ayuda de Meldric, pero un simple gesto de Flare alzó una barrera de fuego. El calor era insoportable. Aun así, los autómatas atravesaron las llamas. Uno de ellos logró rescatar a Meldric y lo depositó cerca de Ana antes de regresar al combate.

Meldric sacó una esfera de su bolsillo: una puerta dimensional portátil.

—¡Tenemos que irnos! —exclamó.

—¿A dónde? —preguntó Ana.

—A cualquier lugar —respondió él.

Activó la esfera.

Sin tiempo para pensar, se lanzaron a la abertura dimensional, que se cerró tras ellos con un chasquido seco.

Cuando el vértigo cesó, se encontraban a las afueras de una ciudad que parecía tallada en diamante.

Tardaron varios minutos en recuperar la calma.

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