domingo, 18 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 9

                                                                             Capítulo 9 

Relatos de la emperatriz




Arfaxad y Ana encendieron una fogata mientras Karl revisaba a Meldric, asegurándose de que no hubiera daños en su mecanismo.

—Afortunadamente, no hay averías graves —dijo Karl tras examinarlo con cuidado.

—Fue un milagro que aparecieran justo a tiempo —respondió Meldric, con sincera gratitud—. Nadie sobrevive después de enfrentarse a los cuatro emperadores elementales.

Ana se acercó.

—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió, Meldric? —preguntó.

—Un ser siniestro de los mundos oscuros fue liberado —respondió él.

—Jagannath —exclamó Afa, con el rostro tenso.

Meldric asintió.

—Fui a hablar con la emperatriz. Me resultó extraño que permitiera algo así. Cuando cuestioné su decisión, fui rodeado por sus guardias. No fueron un desafío… pero antes de que pudiera llegar a la cámara del trono, ellos ya me estaban esperando: Flare, la amazona solar; Gale, el vikingo del viento; Tide, el samurái del agua; y Tremor, el caballero de la tierra.

Si te retractas, Meldric, tal vez seamos indulgentes —me dijo Gale.

Cuando quise reaccionar, ya me habían lanzado al vestíbulo principal del Ministerio.

Ana frunció el ceño.

—No comprendo lo que está pasando —dijo—. Yo soñé con ella. Me habló en ese sueño… Ahora entiendo por qué no me permitías acercarme. Es igual a mí.

Karl la miró, sorprendido. La emperatriz los había marcado cuando buscaron a Mara, y ahora resultaba que era físicamente idéntica a su hija.

Meldric suspiró.

—Ella no te hubiera pedido ayuda si no fuera grave la situación.Supongo que ya no tiene sentido ocultar la verdad. Después de esto, dudo que siga siendo ministro del tiempo.

Se quitó la capa, maltratada y raída, y dejó que el viento se la llevara.

—Todo comenzó un día antes de que tú fueras al Ministerio, Ana. Flare acababa de integrarse. El emperador anterior había muerto un año atrás, cuando un funcionario robó un virus de la bóveda del Ministerio… junto con páginas de la Bitácora del Tiempo. Llegó a mi mundo. Cuando mostré interés por la Bitácora, liberó el virus. Para sobrevivir, tuvimos que convertirnos en ciborgs.

Hizo una pausa.

—Con esa tecnología escaneé las páginas. Ese conocimiento me permitió comprender muchas cosas. Como les decía… la emperatriz llevó a Flare a una batalla contra una variante tuya siniestra. Yo las acompañé. Esa variante intentaba abrir una brecha dimensional sellada tras la batalla contra el Astralord.

—Combatimos a sus secuaces. Me fue difícil no fijarme en Flare; su fuerza es excepcional. Entonces nuestra atención se centró en la emperatriz y la variante oscura. Acorralada, la variante usó fuego fatuo: llamas infernales capaces de erradicarlo todo.

Meldric tragó saliva.

—La emperatriz inhaló… y absorbió el fuego.

Qué ternura —se burló—. ¿A eso le llamas fuego? Te mostraré lo que es una verdadera llamarada.

—De su boca surgió una llamarada devastadora. La variante apenas logró escapar y, con lo que le quedaba de poder, lanzó un edificio contra ella. Creímos que la había aplastado… pero segundos después, la emperatriz emergió levantando el edificio con una sola mano.

Eso es trampa —retumbó su voz—. Ten. Te lo devuelvo.

 

—Lo lanzó desde el cielo. Luego, comenzó a rodearse de un torbellino: rocas, agua y fuego giraban a su alrededor.

¿Controla los cuatro elementos? —gritó la variante.

No los controlo —respondió la emperatriz—. Yo soy una fuerza de la naturaleza. Es un pacto: les otorgo mi fuerza y ellos me conceden su poder.

—El ataque combinado eliminó a la variante —continuó Meldric—. Después de eso, la emperatriz no dejó de elogiar a Flare. Creí que esa sería nuestra nueva normalidad.

—Al día siguiente, fuimos convocados a una reunión. La emperatriz recibió a un visitante.

Meldric apretó los puños.

Gran emperatriz del tiempo, dijo el extraño, un ciborg cubierto con mantos desgastados. Es un honor estar ante usted.

Ve al grano —ordenó ella—. Apestas a magia. Necromancia.

Mi nombre es Balak. Soy un chamán de los mundos oscuros. Sé que intenta contener a las variantes de Ana. Le ofrezco una solución.

Te escucho.

 

Jagannath. Puede borrar mundos enteros con solo tocarlos.

Ni hablar —respondió la emperatriz—. Cuando Ana cumpla su cometido, aquello que deseas destruir dejará de existir. El punto de inflexión será corregido.

Una pena, dijo Balak. ¿Para qué esperar al vacío, si podemos acelerarlo?

No me desafíes, advirtió ella, empuñando su hoz.

La oscuridad no te es ajena, respondió Balak… y desapareció.

Meldric bajó la mirada.

—Todo siguió normal por un tiempo. Incluso observé tu combate contra Amalek, Ana. Ella jamás dudó de ti. Pero al día siguiente… cambió. Se volvió errática. Hostil. Insistía en usar a Jagannath.

—¿Pudo haber sido poseída por Balak? —preguntó Afa.

—Lo dudo —respondió Meldric—. Sería una ofensa pensar que alguien puede controlarla así… aunque no debemos descartarlo.

Karl sintió un nudo en el pecho.

—¿A qué se refería cuando dijo que Ana cumpliría su cometido y todo desaparecería? —preguntó.

 

Ana se llevó una mano al pecho. Un dolor punzante le atravesó la cabeza.

—Empiezo a recordar… —dijo—. Estaba en el laboratorio cronomante. Activé mi poder para viajar en el tiempo… y lo perdí todo. Crucé épocas sin control. Quería detenerme… pero no pude.

Cerró los ojos.

—Entonces alguien me sujetó del brazo. Todo se detuvo. Era ella.

No temas —me dijo—. La partícula que posees está incompleta. Déjame unir este fragmento.

 

—Cuando lo hizo, sentí estabilidad. El miedo desapareció. Antes de irme, me dijo: Cuando llegue el momento, sabrás qué hacer. Solo tú puedes corregir la anomalía que generó el vacío de la realidad.

Una lágrima rodó por la mejilla de Ana.

—Por favor, Meldric —susurró—. Dime la verdad. No omitas nada.

Meldric respiró hondo.

—Los cronomantes… nunca debieron existir. Su creación generó un punto inflexible en el tiempo. Esa anomalía dio origen a múltiples mundos para compensarse. Pero lo que no debió existir… debe ser borrado.

 

Los miró uno por uno.

—La anomalía es tan grande que todo debe ser exterminado para corregirla. Sin embargo… un punto inflexible solo puede ser borrado por otro.

Se detuvo.

—Y ese punto eres tú, Ana.

Karl, Ana y Afa quedaron en silencio.

El estruendo aún resonaba en el aire cuando las piernas de Ana fallaron.

No fue un desmayo.

Fue una pérdida momentánea de acuerdo con su propio cuerpo.

El suelo de cristal le devolvió el reflejo de su rostro pálido mientras caía de rodillas. El mundo no giraba, pero todo parecía demasiado nítido, como si la realidad hubiese subido de volumen de golpe. Le ardían los oídos. El pulso le golpeaba las sienes con una insistencia ajena.

Inspiró.

El aire entró… y no fue suficiente.

Se llevó una mano al pecho. No dolor, no exactamente. Era una presión profunda, como si algo dentro de ella hubiera sido nombrado en voz alta y ahora exigiera existir.

Ese punto eres tú, Ana.

En poco tiempo, saco una conclusión, si usa el poder que ella tiene,Todo lo que no debió exisitir debe ser borrado.

El pensamiento no vino como una frase, sino como una sensación: un vacío abriéndose, no delante, sino detrás de ella.

Ana intentó ponerse de pie. Las rodillas no respondieron.

Karl estuvo a su lado al instante.

—Ana… mírame.

Ella alzó la vista. Tardó un segundo de más en enfocar. Cuando lo hizo, sus ojos estaban húmedos, pero no había lágrimas cayendo todavía. Solo una respiración descompasada que luchaba por no convertirse en pánico.

Sus dedos temblaban.

No por miedo a morir.

Por miedo a hacerlo.

Ana cerró los ojos con fuerza.

No permitió que el temblor se extendiera.

Apoyó la palma contra el suelo frío, anclándose. Sintió el peso de su cuerpo. El aquí. El ahora.

El temblor cedió.

No desapareció del todo. Se replegó.

Cuando abrió los ojos, aún estaba de rodillas… pero ya no cayendo.

—Estoy bien —dijo, y su voz sonó frágil, pero firme—. Solo… necesito un segundo.

No era verdad.

Necesitaba una vida entera para entenderlo.

Pero ese segundo bastaría para seguir avanzando.

—Cuando actives tu poder —continuó Meldric—, todo…

Un estruendo lo interrumpió.

La ciudad de cristal estaba siendo atacada.

 


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