miércoles, 21 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 10

   Capítulo 10 

Una amenaza multiversal y muchas variantes 


Ana y los demás se apresuraron hacia la ciudad. En el cielo, imponentes naves con forma de langostas gigantes se alzaban sobre las torres cristalinas, disparando ráfagas de láser que desgarraban el aire. De pronto, las naves se detuvieron. Sus compuertas se abrieron con un chirrido metálico y de ellas descendieron hombres con armaduras que imitaban la anatomía de insectos colosales.

—¡Somos las Langostas, piratas del cosmos! —exclamó el líder—. ¡Venimos por sus rebaños y su comida!

Los habitantes, de cabello azul aguamarina, parecieron inquietarse al principio. Sin embargo, cuando el ataque cesó de forma abrupta, no huyeron. Se quedaron inmóviles, expectantes. Uno de los niños señaló el cielo.

—¡Es Sapphire Night!

Entre las estrellas apareció una mujer flotando sobre las naves. Vestía un traje azul y negro con bordes plateados; su cabello corto, del mismo tono aguamarina, se agitaba con la energía que la rodeaba. Cerró los puños y se lanzó al ataque. Una a una, las naves fueron atravesadas por impactos precisos; descendió como un meteorito y golpeó el suelo con tal fuerza que los piratas salieron despedidos en todas direcciones.

—¡Es inútil! —exclamó Sapphire Night con voz firme.

Cuando Ana y los demás llegaron hasta ella, Ana se detuvo en seco. El aire pareció volverse pesado. El rostro de la mujer… era el suyo.

—Es una variante de Ana —confirmó Meldric—. Según mis registros, se identifica como Aza, de la raza de los Zafyranova.

Karl también quedó paralizado, pero su asombro se transformó en shock al ver a un hombre de cabello azul, idéntico a él.

—No se preocupen —dijo la variante de Mendel—. Mi hija tiene el control de la situación. Permítanme presentarme: soy Arlan, y ella es Aza, aunque aquí la conocen como Sapphire Night, la justiciera de Luna Zafiro.

Aza había dejado inconscientes a los piratas. Al ver a su padre, se acercó al grupo.

—Hoy superé mi récord —dijo con orgullo—. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué te pareces a mí?

—Buena pregunta —murmuró Arlan—. No parecen ser de aquí… y definitivamente no son Zephyre.

—Permítanme presentarnos —intervino Meldric—. Soy Meldric, cronista de los mundos infinitos. Ellos son Ana, Karl y Arfaxad. Podría decirse que somos exploradores.

—¿Ana? —Aza abrió los ojos—. ¿Acaso tú eres…?

No pudo terminar la frase.

Del suelo emergió un tentáculo cubierto de agujas luminosas. La superficie comenzó a desintegrarse como arena devorada por ácido. Los piratas inconscientes cayeron al vacío que se abría bajo ellos.

—¡Jagannath! —exclamó Afa.

—No se preocupen —dijo Arlan, forzando una sonrisa—. Mi niña vencerá al monstruo.

Aza voló hacia la criatura y lanzó ráfagas de energía cósmica. Los impactos atravesaron el aire… pero no dejaron marca alguna.

—¡No dejes que te toque! —gritó Ana.

Aza esquivó por poco el ataque. Un solo roce del tentáculo desintegró un edificio entero. Jagannath giró, fijándola, y comenzó a perseguirla.

El cielo se oscureció. La población entró en pánico. No había refugio: el suelo se abría, las estructuras colapsaban, y la criatura avanzaba con una paciencia aterradora, como si el mundo mismo le perteneciera.

Arfaxad y Meldric dispararon sin cesar, tratando de distraerlo. Los proyectiles apenas lograban ralentizar su avance.

—Mis ataques no funcionan —gritó Aza, con frustración—. ¡No puedo dañarlo!

—Y tampoco puede tocarte —analizó Afa—. El combate cuerpo a cuerpo es imposible.

—Nunca hubo un ser que mi hija no pudiera derrotar… —susurró Arlan, al borde del colapso.

—No hay otra opción —dijo Meldric, activando una esfera dimensional—. Ese ser solo quiere una cosa: destruir a Ana y a todas sus variantes.

Arlan entendió sin que nadie dijera más.

—Cuídate, Aza… —dijo, con la voz quebrada—. Por favor… cuídenla. Derroten a ese monstruo y regresen.

Aza dejó caer una lágrima. Ana,Karl,Arfaxad,Meldric y Aza cruzaron la puerta.



Aparecieron en un desierto urbano, rodeados de edificios derruidos. No hubo tiempo para orientarse. El suelo comenzó a temblar.

Detrás de ellos, varios vehículos de gran tamaño avanzaban a toda velocidad, levantando nubes de arena. Pasaron rozándolos. Más atrás, otro tentáculo de Jagannath emergía, destruyendo todo a su paso.

Uno de los vehículos frenó bruscamente. Al volante iba una mujer corpulenta, de cabello negro trenzado con un mechón blanco, vestida con un overol desgastado.

—¡¿Qué creen que hacen ahí?! —gritó—. ¡Estamos siendo atacados, suban!

No lo dudaron. Subieron al vehículo justo cuando el tentáculo cayó sobre ellos. El impacto los lanzó por los aires. El auto se desintegró antes de tocar el suelo. Rodaron sobre la arena, aturdidos.

El tentáculo descendió otra vez.

Ana reaccionó antes de pensar. Sacó su cetro: la Hora Sellada. No sabía si funcionaría… pero lo activó.

El tiempo se detuvo alrededor del tentáculo.

El silencio fue absoluto.

—Funcionó… —susurró Karl.

Una puerta dimensional, distinta a todas las anteriores, se abrió ante ellos. La mujer del vehículo, aún temblando, vio lo ocurrido y corrió hacia Ana.

—¡Espera! —gritó—. Detuviste esa cosa. ¡Aún podemos ganar!

—No durará —respondió Ana, con el pulso acelerado—. Solo una hora. Debemos encontrar una dimensión donde podamos potenciar nuestro poder y sellarlo para siempre.

Cruzaron.


Aparecieron en un pasillo interminable. Las luces se encendieron una a una, revelando una puerta al fondo. Al abrirla, se encontraron en una especie de teatro.

En las mesas había decenas de variantes de Ana, observándolos en silencio. En el escenario, una mujer de tez morena, cabello negro rizado y vestida de azul, los esperaba.

—Finalmente —dijo con una tierna sonrisa — han llegado mis invitados especiales.





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