miércoles, 28 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 15

  Capítulo 15 

  El principio del fin







Aún persistía esa sensación de vacío. Dudábamos incluso de haber estado dormidos, de si aquel viaje no había sido más que un sueño del que no lográbamos recordar nada con claridad. Sin embargo, no sé por qué razón —o tal vez sí—, Ana y yo coincidimos en algo: pasar más tiempo juntos.

Y no me refiero a las misiones desbordadas y peligrosas a las que ella está acostumbrada, sino a cosas simples: visitar parques de diversiones, museos. Era un deseo urgente, casi desesperado, como si ambos fuéramos conscientes de que no habría mucho más tiempo, de que debíamos aprovechar cada segundo antes de que algo volviera a arrebatárnoslo.

Para mí, aquello significaba recuperar el tiempo perdido durante mi ausencia. Me lo había prometido después del incidente con Amalek: debía compensarla. No podía dejarlo pasar otra vez.

Recuerdo ese 5 de abril. Ese accidentado encuentro en la estación de la sabana, los matones, el tiempo detenido,salimos hacia el desierto de la Tatacoa y tuvimos que huir al ver a los soldados cronomantes. Luego fuimos a Usaquén. Yo estaba serio, prevenido, obsesionado. Solo quería que Ana me diera la clave para volver a ser el empresario poderoso que alguna vez fui. Ni siquiera era capaz de entender que lo único que ella quería era pasar tiempo conmigo.

Sus ojos se iluminaban al verme… y perdían brillo con cada uno de mis desplantes, con cada reproche innecesario.

Esta vez sería diferente.

Y lo fue. No solo empecé a conocer mejor a mi hija; me impactaron las similitudes que tenía con Mara. Su alta sensibilidad hacia la naturaleza. La forma en que amaba caminar descalza sobre el pasto, sentarse junto a un árbol y contemplar el cielo. Recordé nuestras citas cerca del columpio, cómo Mara hacía exactamente lo mismo.

Me dolía pensar en lo difícil que debía ser para Ana tener que luchar contra su propia madre. La culpa volvió a invadirme, como siempre. Pero Ana era comprensiva. Me abrazaba. Me sonreía. Me invitaba, sin decirlo, a que me perdonara.

Ella tenía fe en mí. Tenía fe en que volveríamos a estar juntos los tres.

Soy afortunado. Tengo a la mejor hija del mundo… del universo. Me asombra que alguien con tanto poder solo desee una vida normal.

Sin embargo, no todo era perfecto. El plan de Ana no estaba funcionando. No había muchas pistas y lo poco que habíamos conseguido ni siquiera nos acercaba a Mara, como si alguien conociera nuestros pasos y se adelantara a ellos, saboteándolo todo con precisión.

Eleonor comenzaba a desesperarse.

Karl Mendel ,5 de junio de 2036

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En la base secreta, Mara encontró a Tiberius aguardando en penumbra, inmóvil, como si hubiera estado allí desde siempre.

—¿Dónde estabas? —preguntó Mara, conteniendo la ansiedad.

—Resolviendo unos asuntos —respondió él, sin mirarla—. Nada más.

Mara respiró hondo.

—Ya es hora —dijo—. Nuestro contacto me dio la llave del edificio. Tiene un mecanismo especial: le permite desplazarse dimensionalmente. Por eso no han podido hallarlos.

Extendió la mano y le entregó la llave.

—Solo te pido una cosa —añadió, con la voz quebrándose—. No le hagas daño a Ana ni a Karl. Te lo suplico.

Tiberius tomó la llave, la observó como si evaluara un objeto sin valor emocional.

—No estás en posición de negociar, Mara —dijo al fin—. Deberías haberme dicho la verdad desde el principio.

Ella frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Me ocultaste que tu hija no es solo una pieza —respondió con frialdad—. Es el mecanismo. Más que eso… tiene el poder de crear la realidad a su antojo.

Mara dio un paso atrás.

—No existen los secretos —continuó Tiberius—. Yo lo sé todo. Mis libélulas mecánicas lo ven todo. Por eso me llaman el Fantasma de Acero.

—No lo entenderías… —susurró Mara—. Nunca se trató de poder.

—Cumpliré tu orden —interrumpió él—, solo si prometes que, cuando todo termine, usaré ese poder para ser completo.

Mara lo miró con horror.

—¿Qué fue lo que te pasó? —preguntó—. Éramos familia. Más que un guardaespaldas… te debemos la vida. ¿Por qué finges que no nos recuerdas? A mí. A Karl.

Tiberius alzó la mirada por primera vez. No había ira. No había nostalgia.

—Ese hombre ya no existe —dijo—. La máquina triunfó. Se fue para siempre. No hay nada que me haga dudar de cumplir mi objetivo. Y espero que no te entrometas… o lo lamentarás.

Se dio la vuelta.

Tiberius abandonó la base seguido por un escuadrón de soldados cronomantes. Mara permaneció allí, inmóvil, con la llave aún tibia en la memoria de su mano.

Cerró los ojos.

Rezaba para que nada ocurriera.
Para que la ira de quien alguna vez fue su amigo,
el protector de su familia,
no se desatara sobre su esposo
ni sobre su hija.

La historia continúa en
Anacrónica: La chica atemporal — Número 4, página 29.

https://www.faneo.es/comics/anacronica-la-chica-atemporal/pages/144


martes, 27 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 14

   Capítulo 14 

   A la sombra de la emperatriz/Ana




Ya no tenía una forma definida.

Era una silueta compuesta de deseos inconclusos, fragmentos de hechicería rota y juramentos traicionados. El Anhelo Oscuro palpitaba en su núcleo como un corazón enfermo, irregular, hambriento.

—Haré que cada molécula de tu ser se arrepienta de haberme desafiado —gruñó la emperatriz, aferrando su espada.

Ana dio un paso al frente, conteniendo el temblor en sus manos.

—Antes de destruir mundos… dime —preguntó—. ¿Qué es lo que realmente buscas?

Balak emitió un sonido que no fue risa ni lamento.

—No soporto la luz —respondió—. Como muchos, fui confinado a la oscuridad por los pecados del pasado. Saber que existe el sol me resulta intolerable. Quiero crear una realidad donde no exista el brillo. Un régimen donde la sombra sea ley.

—No tiene sentido —replicó la emperatriz—. 

lunes, 26 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 13


  Capítulo 13 

   Redención 



La esfera dimensional vibró con una frecuencia distinta a cualquier otra que Ana hubiera sentido antes.
No era inestabilidad.
Era resistencia.

—Cronópolis no permite ser atravesada sin dejar marca —murmuró Meldric mientras ajustaba las coordenadas—. Es un lugar que recuerda… y devuelve el peso de lo que uno es.

La abertura se desplegó con lentitud, como si el propio tiempo dudara en abrirse. Cuando cruzaron, el aire cambió de inmediato.

No había viento.
No había sonido.

Cronópolis se extendía ante ellos como una ciudad imposible: torres circulares suspendidas a distintas alturas, engranajes colosales flotando sin tocarse, relojes sin números girando en absoluto silencio. Cada estructura parecía alinearse no al espacio, sino a instantes específicos del tiempo, como si la ciudad estuviera construida a partir de recuerdos solidificados.

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 12

   Capítulo 12 

 Batalla celeste



Ana y las variantes permanecían en silencio, paralizadas.
Aquella dimensión había sido concebida como un refugio, un lugar imposible de alcanzar para Jagannath.

—N-no creo que… que ella haya… —Ana intentó articular las palabras, pero se le quebraron—.Con todo el poder que tenía… estoy segura de que…

Meldric apoyó la mano en su hombro, con una delicadeza inusual.

—No quiero sonar inoportuno —dijo con voz grave—, pero ya no detecto ningún rastro de ella.

El golpe fue silencioso.
No hubo gritos. Solo un vacío compartido.
La habían conocido poco tiempo, pero para Ana y sus variantes era como si hubieran perdido un fragmento irrecuperable de sí mismas.

Entonces, el cielo se oscureció.

Varios dirigibles emergieron entre las nubes, rompiendo la quietud con motores graves.

—No tenemos tiempo para el luto —intervino Afa—. Cuando todo esto termine, le rendiremos honores como merece.

De uno de los dirigibles descendió una mujer.

jueves, 22 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 11

    Capítulo 11 

El teatro entre dimensiones 


La mujer entonó una melodía. De la nada apareció una orquesta; el salón se expandió, el espacio respiró, y surgieron una mesa y varios asientos frente al escenario. Impresionados, Ana y los demás tomaron asiento justo a tiempo para el inicio del espectáculo.

Las variantes comenzaron a aplaudir.

—Gracias, son muy amables —dijo la mujer con una sonrisa amplia—. Para quienes no me conocen, mi nombre es Agatha Pérez. Hoy quiero dar la bienvenida a unos invitados especiales. A continuación, cantaré una canción que compuse hace poco… en honor a ellos.

Agatha señaló a Ana.

Ana se sonrojó. Miró a las otras variantes: algunas eran casi idénticas a ella, otras apenas compartían el overol, otras parecían versiones lejanas, como ecos deformados.

—Cuando todo esto termine —murmuró Ana—, creo que me teñiré el cabello de azul o púrpura.

miércoles, 21 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 10

   Capítulo 10 

Una amenaza multiversal y muchas variantes 


Ana y los demás se apresuraron hacia la ciudad. En el cielo, imponentes naves con forma de langostas gigantes se alzaban sobre las torres cristalinas, disparando ráfagas de láser que desgarraban el aire. De pronto, las naves se detuvieron. Sus compuertas se abrieron con un chirrido metálico y de ellas descendieron hombres con armaduras que imitaban la anatomía de insectos colosales.

—¡Somos las Langostas, piratas del cosmos! —exclamó el líder—. ¡Venimos por sus rebaños y su comida!

Los habitantes, de cabello azul aguamarina, parecieron inquietarse al principio. Sin embargo, cuando el ataque cesó de forma abrupta, no huyeron. Se quedaron inmóviles, expectantes. Uno de los niños señaló el cielo.

—¡Es Sapphire Night!

domingo, 18 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 9

                                                                             Capítulo 9 

Relatos de la emperatriz




Arfaxad y Ana encendieron una fogata mientras Karl revisaba a Meldric, asegurándose de que no hubiera daños en su mecanismo.

—Afortunadamente, no hay averías graves —dijo Karl tras examinarlo con cuidado.

—Fue un milagro que aparecieran justo a tiempo —respondió Meldric, con sincera gratitud—. Nadie sobrevive después de enfrentarse a los cuatro emperadores elementales.

Ana se acercó.

—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió, Meldric? —preguntó.

martes, 13 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: Capítulo 8

 

Capítulo 8 

Anaverso






Había que avanzar.

La mansión Dirtbound había sido reducida a cenizas; aun así, nadie podrá arrebatarme los recuerdos. Son lo único que permanece intacto, mi verdadero motivo para seguir luchando: mi familia. Por un momento temí que mi hija se perdiera, que cayera en un abismo sin fondo durante la batalla contra Amalek. Pero decidí confiar. Ella comprendió el horror de la violencia y de la venganza antes de que fuera demasiado tarde.

Tomó días para que se recuperara del impacto. Cuando menos lo esperaba, su ánimo regresó. Anhelaba volver a ver su sonrisa, escuchar sus malos chistes y verla reírse de ellos, como si nada pudiera quebrarla del todo.

lunes, 12 de enero de 2026

Anacrónica:crónicas del memorimante:capítulo 7

 

Capítulo 7
A la penumbra de Amalek





Estaban frente a frente con Amalek. La tensión era palpable mientras él avanzaba lentamente hacia Ana y Karl.

Un trueno retumbó fuera de la mansión.

—Sssss… Yo soy Amalek, la serpiente mental —dijo con voz untuosa—. Soy el amo del amor torcido, de la duda y del miedo. Manipulo las emociones y el pensamiento colectivo del universo. No hay rincón de la mente humana que esté a salvo de mí.

De su espalda emergieron cuatro serpientes.

—Si quieren, pueden enfrentarme los dos al mismo tiempo. Para hacerlo más justo.

Ana sacó de su mochila un cetro; en la punta, un reloj antiguo latía con luz propia. Lo empuñó con fuerza.

—Pero no se equivoquen —continuó Amalek—. No habrá un nuevo encuentro. Todo terminará aquí y ahora.

—Lo mismo digo, Amalek —respondió Ana, furiosa—. Haré lo que tenga que hacer para acabar con esto.

Las palabras de Ana despertaron un temor profundo en Karl.
¿Pensaba realmente tomar la vida de Amalek?

El combate comenzó cuando Amalek disparó ráfagas de energía a través de sus serpientes. Ana y Karl se cubrieron tras las columnas. Cuando Amalek se detuvo a recargar, ambos contraatacaron. Mendel comenzó a golpearlo, pero una de las serpientes estuvo a punto de morderlo.

viernes, 9 de enero de 2026

Anacrónica:Crónicas del memorimante: capítulo 6

                                                                          Capítulo 6

Nuestro lugar especial 





No sé qué hacer.

Ana se aleja. Cada día un poco más.

Y no puedo culparla. Tiene razones. Demasiadas. Razones sólidas, afiladas, imposibles de esquivar. No tengo el valor para enfrentarla. Ni siquiera para mirarla demasiado tiempo. Ensayo conversaciones que nunca ocurren. Palabras que se disuelven antes de existir. En cada escenario fracaso. En todos.

Eleonor dice que la sobreprotejo. Que exagero. Que el problema soy yo.
¿Tendrá razón?
No lo sé. Algo en su insistencia me inquieta. No puedo señalarlo, pero está ahí, como una grieta. No sé qué planea. Tampoco puedo acusarla sin pruebas. Hacerlo sería precipitar otro error. Y ya he cometido suficientes.

Los días pasan. Nada avanza.
Amalek sigue siendo un muro.
Los recuerdos, un territorio cerrado.

Anoche soñé con Mara.
Estaba en la mansión Dirtbound. Me dijo que me esperaba allí. No parecía un sueño. Parecía una advertencia. O una deuda.

Quiero decírselo a Ana. Necesito hacerlo.
Pero no sé si aún quiera escucharme. No sé si mis palabras pesan algo para ella. Tal vez nunca pesaron.

Karl Mendel,28 de abril de 2036.
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Karl buscó a Ana por toda la mansión, pero Eleonor se interpuso en su camino. Le dijo que  tenía una lección de memorimancia urgente, imposible de posponer.

Anacrónica: Crónicas del memorimante: capítulo 5

Capítulo 5

La duda




Otra semana había pasado.

Temerosos. Obsesionados. Con la certeza de que nuestros pensamientos, incluso nuestras emociones más íntimas, estaban expuestos ante Amalek. Para él la distancia no significaba nada. Nunca lo había hecho. Acechaba desde donde fuera, desde donde pudiera.

Ni siquiera la rutina lograba distraerme. Y eso que mi agenda estaba llena. Saturada. Por la mañana, la oficina, otros clientes, asuntos que fingía atender con normalidad. Ana organizando horarios, recordándome lo que debía hacer, lo que aún podía sostener. Por la tarde, la memorimancia. Ejercicios. Control. Disciplina. En los pocos momentos libres, el entrenamiento con Tristan. El cuerpo resistía. La mente no.

Siempre había un instante. Uno solo. Suficiente. En el que todo volvía. Lo ocurrido en estos días. Los hechos encajando con mi pasado. Un pasado que no se va. Que observa. Que juzga. No encuentro redención.

No podía hablarlo con Ana. No hacía falta. Su intuición siempre iba un paso delante de mis silencios. El fin de semana me llevó al Museo Nacional. La última exposición de Eleonor. Los rumores eran ciertos. Cada pintura parecía respirar. Mirarte. Leer algo que no querías mostrar.

En algún punto me sentí observado. No por las personas. Por algo más.

Si el mundo supiera que Eleonor es una telépata poderosa, no sé qué sentirían. Admiración. Miedo. Tal vez ambas. Yo solo siento desconfianza. Más aún al saber que perteneció al culto de Amalek. Aunque haya sido víctima. Aunque haya escapado. Hay algo en ella —una grieta, una sombra— que no me permite confiar.

No del todo.


Karl Mendel - 21 de abril de 2036
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Anacrónica: Crónicas del memorimante: capítulo 4

                                                                            Capítulo 4

A la sombra de la maquina

No sé en qué momento quedé atrapado en la profundidad de mis propios pensamientos. Fue un descenso lento, casi imperceptible. Mi mente estaba saturada, girando una y otra vez alrededor de los mismos nombres, las mismas sombras: Amalek, la Emperatriz, Mara. Pensé que ahí terminaba el círculo, pero entonces apareció un recuerdo que no había querido mirar de frente.

Dylan Tiberius.

Me perturbó darme cuenta de que había logrado olvidarlo. A él, que salvó mi vida y la de Mara durante la toma de Bogotá. A él, que perdió su brazo izquierdo al interponerse entre la muerte y nosotros. De su sacrificio nació la primera prótesis sensible, y aun así, mi memoria lo relegó al silencio. No fue solo nuestro guardaespaldas. Fue amigo. Fue familia. Y lo dejé desvanecerse.

Después del encuentro con la Emperatriz del Tiempo algo se quebró en él… o quizá en todos nosotros. Cada día era más inestable, más distante, como si ya no habitara del todo este mundo. Antes de que yo perdiera la memoria, desapareció. Y ahora temo que su ausencia sea otra consecuencia de mis errores, otro nombre que cargo sin respuestas.

No comprendo cómo pude olvidar a alguien tan importante. Cómo permití que se marchara, del mismo modo en que permití que Mara y Ana se alejaran de mí. La amnesia no me absuelve. La culpa persiste, intacta, aferrada a lo poco que recuerdo. Aún temo no haber recuperado por completo el cariño de Ana… y que, en el fondo, ya sea demasiado tarde.

Karl Mendel -15 de abril de 2036

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martes, 6 de enero de 2026

Anacrónica: crónicas del memorimante: capítulo 3

                                                                          Capítulo 3

La serpiente mental


Habíamos regresado a la mansión. El asombro y la curiosidad se extinguieron como brasas al viento, sustituidos por un silencio sepulcral tras las verdades reveladas en el Ministerio del Tiempo. Aquel conocimiento no pedía ser celebrado, sino soportado. Uno a uno, nos retiramos a nuestras habitaciones, cargando con el peso de lo descubierto. No imaginaba entonces que el amanecer siguiente marcaría el inicio de una transformación irreversible.


domingo, 4 de enero de 2026

Anacrónica: Crónicas del memorimante: Capítulo 2

 Capítulo 2 

             La nueva realidad


Durante años creí que lo sabía todo, que el mundo podía reducirse a fórmulas, certezas y explicaciones. Bastó un solo día para que esa ilusión se desmoronara. Y lo más inquietante no fue descubrir mi ignorancia, sino mirarla a ella.

Ana.

La niña que antes jugaba con tornillos y engranajes ahora manipula las leyes de la física con una naturalidad que me resulta insoportable. No por lo que sabe, sino por lo que yo no estuve allí para ver.

¿Qué es la realidad? La pregunta me persigue, pero otra me atormenta más: ¿en qué momento dejé de conocer a mi propia hija? Me perdí sus días, sus preguntas, sus silencios. Me convencí de que el tiempo podía esperar, de que siempre habría un después. Mentí.

Los instantes en los que estuve ausente no se recuperan; se han perdido como materia disuelta en el vacío. Y ahora lo sé con una certeza que duele: si vuelvo a apartar la mirada, no habrá segunda oportunidad. No puedo permitírmelo. No otra vez.