Capítulo 15
El principio del fin
Aún persistía esa sensación de vacío. Dudábamos incluso de haber estado dormidos, de si aquel viaje no había sido más que un sueño del que no lográbamos recordar nada con claridad. Sin embargo, no sé por qué razón —o tal vez sí—, Ana y yo coincidimos en algo: pasar más tiempo juntos.
Y no me refiero a las misiones desbordadas y peligrosas a las que ella está acostumbrada, sino a cosas simples: visitar parques de diversiones, museos. Era un deseo urgente, casi desesperado, como si ambos fuéramos conscientes de que no habría mucho más tiempo, de que debíamos aprovechar cada segundo antes de que algo volviera a arrebatárnoslo.
Para mí, aquello significaba recuperar el tiempo perdido durante mi ausencia. Me lo había prometido después del incidente con Amalek: debía compensarla. No podía dejarlo pasar otra vez.
Recuerdo ese 5 de abril. Ese accidentado encuentro en la estación de la sabana, los matones, el tiempo detenido,salimos hacia el desierto de la Tatacoa y tuvimos que huir al ver a los soldados cronomantes. Luego fuimos a Usaquén. Yo estaba serio, prevenido, obsesionado. Solo quería que Ana me diera la clave para volver a ser el empresario poderoso que alguna vez fui. Ni siquiera era capaz de entender que lo único que ella quería era pasar tiempo conmigo.
Sus ojos se iluminaban al verme… y perdían brillo con cada uno de mis desplantes, con cada reproche innecesario.
Esta vez sería diferente.
Y lo fue. No solo empecé a conocer mejor a mi hija; me impactaron las similitudes que tenía con Mara. Su alta sensibilidad hacia la naturaleza. La forma en que amaba caminar descalza sobre el pasto, sentarse junto a un árbol y contemplar el cielo. Recordé nuestras citas cerca del columpio, cómo Mara hacía exactamente lo mismo.
Me dolía pensar en lo difícil que debía ser para Ana tener que luchar contra su propia madre. La culpa volvió a invadirme, como siempre. Pero Ana era comprensiva. Me abrazaba. Me sonreía. Me invitaba, sin decirlo, a que me perdonara.
Ella tenía fe en mí. Tenía fe en que volveríamos a estar juntos los tres.
Soy afortunado. Tengo a la mejor hija del mundo… del universo. Me asombra que alguien con tanto poder solo desee una vida normal.
Sin embargo, no todo era perfecto. El plan de Ana no estaba funcionando. No había muchas pistas y lo poco que habíamos conseguido ni siquiera nos acercaba a Mara, como si alguien conociera nuestros pasos y se adelantara a ellos, saboteándolo todo con precisión.
Eleonor comenzaba a desesperarse.
Karl Mendel ,5 de junio de 2036
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En la base secreta, Mara encontró a Tiberius aguardando en penumbra, inmóvil, como si hubiera estado allí desde siempre.
—¿Dónde estabas? —preguntó Mara, conteniendo la ansiedad.
—Resolviendo unos asuntos —respondió él, sin mirarla—. Nada más.
Mara respiró hondo.
—Ya es hora —dijo—. Nuestro contacto me dio la llave del edificio. Tiene un mecanismo especial: le permite desplazarse dimensionalmente. Por eso no han podido hallarlos.
Extendió la mano y le entregó la llave.
—Solo te pido una cosa —añadió, con la voz quebrándose—. No le hagas daño a Ana ni a Karl. Te lo suplico.
Tiberius tomó la llave, la observó como si evaluara un objeto sin valor emocional.
—No estás en posición de negociar, Mara —dijo al fin—. Deberías haberme dicho la verdad desde el principio.
Ella frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Me ocultaste que tu hija no es solo una pieza —respondió con frialdad—. Es el mecanismo. Más que eso… tiene el poder de crear la realidad a su antojo.
Mara dio un paso atrás.
—No existen los secretos —continuó Tiberius—. Yo lo sé todo. Mis libélulas mecánicas lo ven todo. Por eso me llaman el Fantasma de Acero.
—No lo entenderías… —susurró Mara—. Nunca se trató de poder.
—Cumpliré tu orden —interrumpió él—, solo si prometes que, cuando todo termine, usaré ese poder para ser completo.
Mara lo miró con horror.
—¿Qué fue lo que te pasó? —preguntó—. Éramos familia. Más que un guardaespaldas… te debemos la vida. ¿Por qué finges que no nos recuerdas? A mí. A Karl.
Tiberius alzó la mirada por primera vez. No había ira. No había nostalgia.
—Ese hombre ya no existe —dijo—. La máquina triunfó. Se fue para siempre. No hay nada que me haga dudar de cumplir mi objetivo. Y espero que no te entrometas… o lo lamentarás.
Se dio la vuelta.
Tiberius abandonó la base seguido por un escuadrón de soldados cronomantes. Mara permaneció allí, inmóvil, con la llave aún tibia en la memoria de su mano.
Cerró los ojos.
Rezaba para que nada ocurriera.
Para que la ira de quien alguna vez fue su amigo,
el protector de su familia,
no se desatara sobre su esposo
ni sobre su hija.
La historia continúa en
Anacrónica: La chica atemporal — Número 4, página 29.
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